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La pintura en «Pinceladas de Harmonía.COM» | Por José Luis Fernández Juan

JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ JUAN - La pintura en Pinceladas de Harmonía

La pintura en Pinceladas de Harmonía.Com no es pincelada, es espasmo cromático, terremoto de acuarelas, vendaval de óleos que se desparraman por la mente del lector sin pedir permiso, sin llamar a la puerta, sin formalismos. ¿Y cómo podría ser de otro modo? En un libro donde la palabra se desliza como un pincel embriagado de color, donde la sintaxis se desmelena en arabescos y giros, donde la lógica se da un chapuzón en charcos de lirismo, la pintura no es simple decorado, ni musa, ni estampa de postal. Es personaje, es verbo, es idea en movimiento.

En Pinceladas de Harmonía.Com, la pintura es un idioma que no entiende de gramática ni ortodoxia. ¿Mancha o mensaje? ¿Boceto o bocanada de realidad alternativa? No hay manera de clasificar lo inaprensible. La pintura en este libro salta como un duende burlón entre los párrafos, tiñe de asombro las páginas, convierte el blanco en un carnaval de posibilidades. Se filtra entre las palabras y las engalana con la osadía de un Pollock danzarín, con la mística de un Kandinsky en éxtasis, con la irreverencia de un Dalí que se ríe del tiempo.

No se trata aquí de describir cuadros, sino de sentir cómo la pintura se deshace en torrentes de metáforas, en brochazos de ironía, en gamas cromáticas que son estados del alma. Un amarillo que ríe, un azul que filosofa, un rojo que grita verdades en clave de fuego. El texto ilustra, no retrata: gotea, derrama, salpica la conciencia del lector con imágenes que se adhieren al pensamiento como un fresco al muro de la memoria.

Foto aportada por JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ JUAN

Y el lector, desprevenido o audaz, se convierte en lienzo. En cada página recibe la pincelada de un giro inesperado, de una aliteración que baila con el absurdo, de un símbolo que se disfraza de acertijo. La pintura ya no es algo que se contempla desde la distancia; aquí se habita, se transita, se funde con la respiración de quien se atreve a entrar en este festín de luz y verbo.

En Harmonía, ese rincón donde los mapas se olvidan de trazar líneas, el arte no es oficio, sino latido. No hay calles, sino lienzos extendidos; no hay plazas, sino escenarios vivos; no hay muros, sino galerías abiertas al cielo. Cada habitante lleva un pincel en el alma, una danza en los pasos, una sinfonía latiendo en la garganta: Luana Molby deviene una actriz teñida de azul, Aridany Axtagórez pinta espejos líquidos, Cloe Guerola crea arcoíris plasmados en pigmentos, la Familia Léxica transforma transformaciones transformables…

Sus habitantes no es que aprendieran a ser artistas, es que jamás dejaron de serlo. Desde la cuna, los niños son acunados con versos y los ancianos cuentan su historia con colores en las manos. El arte no se hace: se respira, se camina, se sueña. Creen, con la certeza de los que nunca han perdido la magia, que el arte no es un adorno sino un engranaje. Un motor que empuja la alegría, que destierra la indiferencia, que hace del día un espectáculo y de la noche un susurro de cuentos compartidos. La justicia no se firma con leyes, sino con trazos de humanidad, con notas que abrazan, con escenas donde todos tienen un papel.

Dicen que, cuando un forastero llega a Harmonía y pregunta «¿A qué se dedican aquí?», la respuesta es siempre la misma, envuelta en una sonrisa de mil colores:

Aquí creamos pinceladas. Porque crear es la única manera de vivir plenamente.

Y así, entre trazos, melodías y versos, este pueblo invisible para los indiferentes sigue latiendo, llamando con su magnetismo a aquellos que aún creen en la belleza como fuerza infinita.


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