Hay amenazas que pueden evitarse cerrando una puerta. Otras, sin embargo, nacen en un lugar del que resulta imposible escapar: la propia mente. Sobre esa inquietante frontera entre lo real y lo percibido construye Kevin Pérez Alarcón La estoy viendo, una novela de suspense psicológico protagonizada por dos hermanas unidas por el amor, la enfermedad y las heridas de un pasado que nunca terminó de desaparecer.
Ana ve cosas que los demás no ven. Incendios en cocinas intactas. Enemigos escondidos tras las ventanas. Amenazas que para cualquiera serían inexistentes, pero que para ella poseen la consistencia del peligro verdadero. Porque ese es uno de los puntos de partida más poderosos de la novela: para quien lo experimenta, el miedo no es imaginario.
A su lado está Esther.
Su hermana lleva años intentando mantener en pie una vida que amenaza con derrumbarse una y otra vez. Cuida de Ana y convive con las consecuencias de su enfermedad, pero también con el cansancio, la responsabilidad y la incertidumbre permanente. Sabe que un olvido con la medicación o una nueva crisis pueden alterar de nuevo el frágil equilibrio que ambas han conseguido construir.
Dos hermanas frente a una misma realidad
Kevin Pérez Alarcón utiliza esa relación para ir más allá de los mecanismos tradicionales del thriller. La estoy viendo contiene tensión, incertidumbre y una percepción de amenaza constante, pero bajo esa superficie aparece una historia profundamente vinculada al cuidado.
Porque cuidar también desgasta.
Esther no es únicamente la hermana que permanece al lado de Ana. Es una mujer que carga con sus propias heridas y con una infancia marcada por el abandono. El pasado de ambas continúa filtrándose en el presente y convierte su relación en algo mucho más complejo que la sencilla división entre quien necesita ayuda y quien la proporciona.
Las dos están heridas de maneras diferentes.
Y es precisamente ahí donde la novela encuentra buena parte de su dimensión humana. El amor incondicional puede ser refugio, pero también puede exigir renuncias, agotamiento y sacrificios que rara vez resultan visibles desde fuera.
¿Y si no pudieras confiar en lo que estás viendo?
La novela juega además con una de las herramientas más poderosas del suspense psicológico: la duda.
A medida que avanza la historia, el lector accede a distintas versiones de una realidad que comienza a perder sus límites. Lo verdadero y lo imaginado dejan de ocupar territorios perfectamente diferenciados. Aparecen voces, recuerdos y fantasmas del pasado, mientras crece una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto podemos confiar en aquello que creemos estar presenciando?
Pérez Alarcón convierte así la percepción en parte esencial del misterio.
El lector sabe que Ana interpreta el mundo desde una realidad alterada por la enfermedad, pero conocerlo no elimina la inquietud. Al contrario. La incrementa. Cada amenaza obliga a preguntarse qué está sucediendo realmente y qué pertenece a una mente capaz de transformar una percepción en una certeza absoluta.
De ahí nace buena parte de la tensión de La estoy viendo.
Cuando el suspense es también una historia sobre cuidar
Sin embargo, reducir la novela a sus giros o a su componente psicológico sería quedarse en la superficie.
En el centro permanecen Ana y Esther.
Dos hermanas intentando sobrevivir a circunstancias que comenzaron mucho antes de la primera página. La enfermedad se mezcla con el abandono, los recuerdos y una relación construida durante años alrededor de la necesidad de protegerse mutuamente.
La esquizofrenia funciona como uno de los grandes ejes de la obra, pero alrededor de ella aparece otra realidad menos visible: la de quienes acompañan.
¿Qué ocurre con la persona que siempre está ahí?
¿Cuánto puede soportar alguien antes de quebrarse?
¿Dónde termina el amor y comienza el sacrificio?
Son preguntas que acompañan una historia en la que cuidar deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una experiencia física y emocional. Esther sostiene a su hermana, pero también debe sostenerse a sí misma mientras todo a su alrededor amenaza con venirse abajo.
Una historia donde nada es exactamente lo que parece
La estoy viendo conduce esa tensión hacia un desenlace marcado por todo lo que sus protagonistas llevan años arrastrando. El pasado, la enfermedad y los vínculos familiares terminan confluyendo en una historia que utiliza el suspense para hablar de cuestiones mucho más íntimas.
Kevin Pérez Alarcón propone así una novela sobre la fragilidad de aquello que solemos dar por sentado: nuestra percepción, nuestros recuerdos e incluso nuestra capacidad para distinguir con absoluta seguridad dónde termina el miedo y dónde comienza la realidad.
Porque quizá lo más inquietante no sea ver algo que no existe.
Quizá sea no tener ninguna manera de saber que no existe.
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