El fuego del prisma es una novela reversible, que se puede leer de varias maneras. ¿En qué momento supiste que la historia pedía romper la lectura lineal y convertirse en un espejo?
Desde que empecé a escribir la novela sabía que tenía que darle un enfoque distinto, algo rompedor. Era como si la propia historia me lo pidiera: estar contada a dos voces, más aún teniendo una carga emocional tan intensa y poética. En pleno proceso se me ocurrió contar la misma historia desde otro personaje y de ahí nació la idea del libro espejo, que pudiera empezar por un lado u otro, contado por Dani o por Albanta. Después llegó la locura total: que cada capítulo tuviera su reflejo exacto en el otro lado y que la novela pudiera leerse de tres formas distintas, incluso jugando y entrelazando capítulos. Lo más difícil fue mantener ese espejo sin romperlo, porque los escenarios son los mismos; lo que cambia es cómo los vive cada personaje. Más que diferenciarse, ambos lados se complementan.
Tu obra dialoga con referentes como Rayuela, pero también con el rap, la poesía oral y la escena. ¿Qué peso tiene el cuerpo y la voz en una novela pensada, en principio, para leerse en silencio?
Rayuela de Cortázar es una referencia clara. Él propone un orden salteado; en mi caso, una lectura cruzada y simultánea. Viniendo de los recitales de poesía y del rap, quise que mi primera novela mantuviera esa intensidad poética que me define. La voz y el cuerpo son claves para mis personajes y para la forma en que expresan sus sentimientos. Desde el inicio quise que la metaliteratura fuera una de las claves de la obra, una historia casi contada como poesía, donde la propia literatura ayuda a resolver el misterio final. El silencio fue fundamental: hay pistas, cartas y versos que pueden pasar desapercibidos en una primera lectura, por eso la novela invita a parar, releer y entender muchas cosas solo desde la perspectiva completa del espejo.
Vienes de Bon Pastor, un barrio obrero muy presente en tu imaginario. ¿Cómo se cuela el barrio —su memoria, su gente, su conflicto— dentro de esta novela poética?
Mi barrio, Buen Pastor, aparece en la novela igual que aparece en muchos de mis poemas. No olvidar las raíces es fundamental. Es un barrio con una identidad fuerte, como Barón de Viver, donde nunca ha sido fácil vivir y siempre se ha luchado para ser escuchados. El movimiento vecinal, la resistencia, el hacer “piña” es algo que se siente y nos mantiene unidos. Que el barrio aparezca en la novela no es un guiño: es una huella, una forma de reflejar la memoria y la lucha de mi gente. Yo me defino como luchador precisamente por eso, por atreverme a innovar y buscar nuevas formas de transmitir arte y literatura.
La novela se define como poética, pero también como un experimento narrativo. ¿Te preocupa más emocionar al lector o sacarlo de su zona de confort?
No puedo elegir. Ambas cosas son igual de importantes. Comunicar y transmitir es esencial, pero también lo es que el lector se sienta activo y partícipe. La emoción nace tanto del relato como de la forma en que está escrito, y ahí se nota mucho mi influencia poética. Al mismo tiempo, creo que un autor debe superarse y sorprender, aunque eso implique riesgo. Innovar es una manera de sacar al lector de su zona de confort, aun sabiendo que puedes gustar menos a algunos. Con esta novela sabía que ganaría nuevos lectores y que también me alejaba de lo que suelo hacer, pero estoy satisfecho con el resultado.
En tu trayectoria hay una fuerte crítica al sistema y una defensa de lo colectivo. ¿Crees que esta novela es también un gesto político, aunque adopte una forma experimental?
Más que un gesto político, es una defensa. Una defensa de la literatura y de la posibilidad de innovar y romper con lo lineal. Es una búsqueda de pistas, versos y acertijos poéticos, una puerta al misterio, al amor y a la reinvención. Mis otros proyectos, como el rap o los poemas escénicos, sí tienen un componente más crítico y colectivo, pensados para ser interpretados desde la fuerza y la unión.
Has sido premiado en la Xarxa Poètica y en los Jocs Florals, y algunos de tus versos llegaron a pintarse en las paredes del barrio. ¿Qué significa para ti que la poesía ocupe el espacio público, aunque luego sea borrada?
Es un acto de valentía y un gesto simbólico. Un verso que conecta como un chispazo con quien lo lee. Para mí también es orgullo y legado, porque muchos de esos versos no hablan de mí, sino de mi barrio y de nuestra lucha común. Aunque los borren, no pueden borrar las raíces ni el corazón de la gente que vive y siente ese mismo espíritu.
Colaboras activamente con entidades como FEM SOROLL, la Biblioteca Bon Pastor o el G42. ¿Qué papel juegan estas redes culturales de barrio en tu forma de entender la literatura?
Son parte fundamental de mi trayectoria y del desarrollo cultural del barrio. Sin apoyo, cariño y respaldo sería imposible sacar adelante muchos proyectos. Por eso es tan importante agradecer a quienes te acompañan desde el inicio y no olvidar de dónde vienes. El verdadero logro no son los premios, sino valorar a las personas que te cuidaron y te inspiraron.
Después de este experimento pionero, ¿sientes que se te ha abierto un nuevo camino narrativo o que esta novela es una excepción dentro de tu obra?
Siento que no será lo único que haga en narrativa. Tengo muchas ideas y muchas ganas. Todo es cuestión de tiempo, esfuerzo y sacrificio. Paso muchas noches pensando en el siguiente poema, el siguiente libro o el siguiente acto. No quiero perder el hambre, porque eso sería estar muerto en vida. Esto es lo que me mantiene activo y con energía: haber encontrado una pasión y sentir que lo que hago también significa algo para otras personas.