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La novela que se atreve a preguntar qué pasaría si los ricos escaparan de la Tierra y nos dejaran morir

Regina Eznael – Sin dueños ni señores

Sin dueños ni señores parte de una premisa muy potente: ¿qué ocurre cuando quienes tienen el poder abandonan el planeta dejando atrás a los demás? ¿Cómo nació exactamente esa pregunta y en qué momento supiste que había una novela detrás?

La pregunta nació de una mezcla entre rabia y curiosidad. Siempre me ha incomodado esa idea de que, cuando algo se complica a gran escala, quienes más responsabilidad tienen suelen ser quienes piden sacrificios a los que menos tienen, además de ser también quienes más opciones tienen para escapar de las consecuencias.

Entonces empecé a preguntarme qué pasaría si esa fuga no fuera simbólica, sino literal. ¿Qué pasaría si las élites abandonaran el planeta después de haberlo exprimido y dejaran atrás a quienes no podían pagarse un billete de salida?

Al principio era solo una imagen de un mundo sobre explotado, comunidades intentando sostenerse con restos y una mentira enorme enterrada debajo de todo. Pero supe que había una novela cuando apareció Lena. Porque la historia dejó de ser “qué hicieron los poderosos” y pasó a ser “qué hace alguien normal, cansada, práctica y bastante harta”.

Has citado influencias tan distintas como Elysium y Wall-E. ¿Qué elementos de ambas historias te inspiraron y cómo los transformaste para crear el universo propio de Orialis?

De Elysium me interesó mucho la separación brutal entre quienes tienen acceso a una vida digna y quienes quedan atrapados en un planeta deteriorado. Esa desigualdad física, casi geográfica, me parecía muy potente. Además de otras cosas que harían spoiler del libro. De Wall-E me inspiró la imagen del planeta abandonado, la basura como herencia y esa idea de que la humanidad puede desconectarse tanto de la Tierra que acaba tratándola como un lugar desechable.

Pero no quería hacer una historia sobre naves bonitas ni robots adorables. Quería llevar esa pregunta a un terreno más adulto y político: qué ocurre con los que se quedan, cómo reconstruyen, qué memoria conservan y qué mentiras heredan. Orialis nace de ahí, de imaginar no solo el abandono, sino el después.

La novela plantea una crítica directa al abuso de poder, las jerarquías y los secretos utilizados como mecanismos de control. ¿Crees que esa distopía está más cerca de nuestro presente de lo que nos gustaría admitir?

Creo que está más cerca del trasfondo de lo que al principio se puede pensar. No vivimos en Orialis, por suerte, pero sí vivimos en un mundo donde el acceso a recursos, información y poder sigue estando muy mal repartido.

Quizás la única parte de fantasía que existe es que las élites se marchan en una nave espacial y por eso la he tenido que ambientarla mucho más en el futuro. Pero el resto no es algo que pueda suceder en un futuro muy lejano. Para mí la distopía funciona cuando se exagera o se lleva al límite algo que ya existe.

Pero Sin dueños ni señores no habla solo de un futuro posible, sino que plantea la pregunta incómoda de “¿cuántas cosas aceptamos porque nos han convencido de que no hay alternativa?”.

Lena dedica su vida a mantener infraestructuras que todos consideran condenadas. ¿Qué representa este personaje dentro del mensaje global de la novela?

Lena representa a todas esas personas que hacen que el mundo funcione sin estar en el centro de él. No es una elegida, no quiere liderar una revolución y, sinceramente, si pudiera pasar el día arreglando sistemas de soporte ecológico sin que nadie la molestara, probablemente sería bastante feliz. O todo lo feliz que se puede ser cuando la tierra se está muriendo.

Ella cree en que, si se esfuerza lo suficiente, puede hacer que el agua llegue, que el suelo aguante y que la gente pueda comer mañana. Su papel dentro del mensaje global es muy importante porque demuestra que cambiar el mundo a veces empieza con alguien que se niega a aceptar que el “esto es lo que hay” sea una respuesta válida.

La naturaleza tiene un papel fundamental en la historia. Más que un escenario, parece convertirse en un personaje con voz propia. ¿Qué querías transmitir a través de esa relación entre el planeta y sus habitantes?

Quería que la naturaleza tuviera peso real, no solo visual. La relación entre el planeta y sus habitantes habla de respeto, pero también de soberbia. Durante mucho tiempo, los humanos han tratado la naturaleza como un recurso que se puede medir, extraer y vender sin control. En Orialis, esa mentalidad ya ha tenido consecuencias.

Ahí es donde Lena conecta tanto con la historia, porque ella no mira la tierra como algo que dominar, sino como algo que hay que entender antes de tocarlo. Y creo que ahí está una de las ideas centrales del libro, porque no se trata de conquistar el mundo otra vez, sino de aprender a convivir con él sin volver a cargárselo.

Uno de los personajes se encuentra dentro del espectro autista, pero nunca es definido mediante etiquetas. ¿Por qué era importante para ti abordar esta representación desde una mirada tan natural y humana?

Era importante para mí que ese personaje no entrara en la historia con una etiqueta pegada en la frente. Solo hay una nota de autora al inicio avisando que hay un personaje con Asperger, sin decir cuál es y dentro de la historia en ningún momento se dice esa palabra. Es el lector quien lo identifica por su forma de pensar, de interpretar lo que pasa y de relacionarse con los demás.

Muchas veces la representación cae en dos extremos: o se idealiza, o se convierte el diagnóstico en todo el personaje. Yo no quería ninguna de las dos cosas. Quería mostrar una mirada más cotidiana donde sus diferencias existen y afectan a su vida y a quienes lo rodean.

También hay otros personajes “etiquetables” pero tampoco te enteras de cuales son hasta que avanzas en la historia y ya te has enamorados de ellos.

Es por eso por lo que las etiquetas en mi novela son totalmente irrelevantes.

Regina Eznael – Sin dueños ni señores

Como madre de un hijo con TEA, ¿qué aspectos de tu experiencia personal han influido en la construcción emocional de ese personaje?

Mi experiencia como madre influyó en el sentido que no escribí ese personaje desde un manual de psicología, sino desde la experiencia de años de aprender y equivocarme. Sobre todo, de equivocarme. También desde el amor, ese que está lleno de cansancio, miedo y una paciencia que no siempre viene de fábrica.

Lo que más quise trasladar fue la importancia de no interpretar siempre desde nuestra propia lógica. No asumir que alguien no siente porque no lo expresa como esperamos y de no forzar una normalidad que muchas veces solo tranquiliza a los demás. Ese personaje trata mucho de la necesidad de respetar otros ritmos, otras formas de comunicación y otras maneras de entender el mundo.

La ansiedad y la salud mental aparecen en la novela de forma cotidiana, alejadas de los tópicos habituales. ¿Por qué considerabas importante mostrar que la vulnerabilidad también forma parte de la supervivencia?

Me parecía importante mostrar la ansiedad y la salud mental, sobre todo en momentos de presión. Esos momentos cuando uno se ve desbordado de tanto aguantar. Y en como las personas que te rodean están para ayudarte a salir del pozo en el que en ese momento te encuentras.

No hay que ser fuerte todo el tiempo, no pasa nada por parar, respirar y seguir, aunque lo hagas funcionando como puedas. A veces hay que aceptar que tener miedo no te vuelve menos capaz.

También quería alejarme del tópico de que la vulnerabilidad es lo contrario de la fuerza. Para mí es al revés. Hay personajes que sobreviven precisamente porque aceptan sus límites. En la vida real nadie es invencible, y en una distopía creíble tampoco debería serlo.

Después de muchos años imaginando historias sin escribirlas, ¿qué sentiste al terminar por fin una novela completa y verla convertida en un libro publicado?

Fue una mezcla muy rara de orgullo, vértigo y una especie de “madre mía, ahora esto existe fuera de mi cabeza”. Durante muchos años imaginé historias, escenas, diálogos y mundos completos, pero escribir una novela entera, o al menos la primera parte, y verla convertida en un libro físico fue otra cosa.

También tuvo algo muy emocional, porque durante mucho tiempo pensé que esas historias iban a quedarse conmigo. Publicarla fue aceptar que ya no me pertenecía solo a mí. Ahora cada lector entra en Orialis con su propia mirada, sus propias heridas y preguntas. Y eso da miedo, pero también es una de las partes más bonitas de todo esto.

Tu trayectoria profesional está vinculada al diseño gráfico y al marketing. ¿De qué manera han influido esas disciplinas en tu forma de narrar y construir escenas?

El diseño gráfico me enseñó a mirar la composición, es decir qué se ve primero, qué queda en segundo plano, dónde pones el foco y qué eliminas para que algo funcione mejor. Eso influye mucho en cómo construyo escenas. Aunque todavía estoy aprendiendo a escribir, no es exactamente lo mismo. Sin embargo, me interesa que el lector vea el espacio, entienda cómo se mueven los personajes y sienta que cada detalle está ahí por una razón.

El marketing también me marcó, aunque suene poco romántico decirlo. Me enseñó a entender la atención, el ritmo, la promesa que haces al lector y la importancia de no rellenar. Durante años trabajé resumiendo ideas enormes en pocas palabras, así que ahora, cuando escribo, intento quitar todo lo que sobra hasta que queda lo importante. A veces no se me da tan bien, porque duele borrar, pero voy mejorando. En la segunda parte he aprendido mucho sobre los comentarios que me han dado de la primera y ya no duele tanto quitar lo que sobra.

La edición física incluye la llamada Bitácora de Bruno, con claves secretas, audios, vídeos y contenido adicional. ¿Cómo surgió la idea de convertir la lectura en una experiencia interactiva e inmersiva?

Surgió porque quería que la edición física fuera una edición especial de verdad. No quería limitarme a añadir un detalle decorativo o unas páginas extra y ya está, sino crear una experiencia distinta para el lector, algo que hiciera que el mundo de Orialis continuara más allá del libro.

Además, ahí pude unir dos partes muy importantes de mí: la escritura y mi trabajo como diseñadora gráfica y diseñadora web. Durante años he creado experiencias visuales y digitales, así que la Bitácora de Bruno nació justo de esa unión entre novela, diseño y mundo interactivo. Y encaja muy bien con Orialis, porque es un universo donde la información está fragmentada, se conserva como se puede y muchas veces hay que reconstruir la verdad pieza a pieza.

Y además Bruno es el tipo de personaje que, si no le das su propio rincón secreto, probablemente te hackea y lo crea igual.

La novela está teniendo una acogida muy positiva entre lectores y ya has comenzado a participar en ferias y eventos literarios. ¿Cómo estás viviendo este primer contacto directo con quienes se adentran en el mundo de Orialis y qué esperas que se lleven consigo al cerrar el libro?

Lo estoy viviendo con mucha gratitud y también con bastante incredulidad. Una cosa es escribir una historia y otra muy distinta es ver a personas reales hablar de Lena, Evan, Vera, Bruno o Alex como si ya formaran parte de su mundo. Ese primer contacto directo con lectores tiene algo muy especial, porque te devuelve la historia desde un lugar que tú ya no controlas.

Lo que espero que se lleven al cerrar el libro es una reflexión. No una moraleja cerrada, porque no me interesan mucho las historias que te dicen exactamente qué pensar, sino que me gustan esas que te dejan dándole vueltas a qué habrías hecho tú y que tanta verdad de la que te cuentan realmente te crees.

Regina Eznael – Sin dueños ni señores

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Categorías: Entrevistas Portada
Etiquetas: Regina Eznael
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