Llegó la nada arranca con una escena muy intensa, con una protagonista huyendo de una vida marcada por el maltrato. ¿De dónde nace Verónica como personaje?
Verónica nace de una necesidad muy profunda: la de vivir. Detrás de todo lo que llevaba años sometiéndola, había una mujer con un impulso vital enorme, aunque ella misma no supiera reconocerlo. Cuando apareció en mi mente, lo hizo huyendo, pero no solo del maltrato: huía de un lastre que la acompaña desde hace demasiado tiempo y que ella no puede controlar. Por eso la novela empieza de forma tan dura. Esa escena no es un recurso narrativo, es la forma en la que Verónica respira por primera vez.
La violencia, tanto física como psicológica, forma parte de su mundo porque es una realidad que muchas veces se evita, pero que deja huellas profundas. En Llegó la nada, la presencia de un asesino en serie no solo introduce terror, sino que rompe el frágil equilibrio que Verónica intenta construir. Cada víctima que aparece la quiebra un poco más, porque ella siente ese horror como si también la alcanzara. Esa violencia externa despierta en ella un vacío interno que la deja completamente expuesta.
Ella no sabe que sabor tiene el amor, y esa ausencia es su mayor debilidad. Al estar tan vacía, todo lo que llega después —el miedo, el dolor, la ternura, el silencio— lo siente de forma más intensa y cruda. Incluso el amor la atraviesa con una profundidad que nunca valoró. Puede surgir algo que la transforme, sí, pero la oscuridad que la rodea ha decidido volverse firme. Y esa tensión es el corazón emocional de su historia.
Tus dos libros, Llegó la nada y Llegó el dolor, parecen conectados desde el propio título. ¿Qué hilo emocional une ambas historias?
Los títulos ya marcan el camino emocional de Verónica. En Llegó la nada, ella huye sin entender de qué. Está atrapada en un vacío profundo, en una confusión que la protege de algo que su mente no es capaz de recordar. Ese estado de “nada” es su refugio y, al mismo tiempo, su prisión. La irrupción de un asesino en serie rompe ese frágil equilibrio y, con cada víctima que aparece, Verónica se quiebra un poco más. La Nada se vuelve más densa, más invasiva, hasta dejarla completamente vacía.
Pero cuando sobrevive al accidente y vuelve de una ECM. Al despertar sufre visiones que la conectan de forma inexplicable con la muerte de otras mujeres. Con ese vacío comienza a resquebrajarse. La vida nueva que aparece —el amor inesperado, la sensación de pertenecer a un lugar, la posibilidad de sentir por primera vez— convive con una oscuridad que sigue sin nombre.
Y es justo ahí donde nace Llegó el dolor: cuando la Nada ya no puede sostenerla, cuando la verdad empieza a abrirse paso, cuando mirar de frente lo vivido se vuelve inevitable. El Dolor llega con una intensidad brutal, porque Verónica ya no tiene defensas. Todo lo que había intentado reprimir regresa de forma cruda, pero también lo hace el amor, que la atraviesa sin darle opciones.
El hilo emocional que une ambas historias es ese tránsito: primero la Nada que anestesia, después el Dolor que revela. Es el viaje de una mujer que pasa de no sentir nada a sentirlo todo, incluso cuando la oscuridad decide abrazarla con fuerza.
En tus obras hay una presencia constante de la violencia, tanto física como psicológica. ¿Buscas incomodar al lector o reflejar una realidad que muchas veces se evita?
La violencia aparece en mis novelas porque forma parte de la realidad, aunque muchas veces se mire hacia otro lado. No escribo escenas duras para incomodar gratuitamente, sino porque mis personajes viven en contextos donde la violencia —física, psicológica o emocional— deja huellas profundas. Ignorarla sería traicionar su verdad. En la historia de Verónica, esa violencia no es un recurso narrativo: es el origen de su vacío, de su confusión y de ese estado de “nada” que la acompaña desde el principio.
Mi intención no es provocar al lector, sino acompañarlo a través de un viaje que, por desgracia, muchas personas conocen demasiado bien. La violencia en mis historias no está para el impacto, sino para mostrar cómo afecta, cómo transforma y cómo condiciona la identidad de quienes la sufren. Me interesa explorar lo que ocurre después: las consecuencias, las cicatrices, la forma en que cada personaje intenta sobrevivir a su propia historia.
En el caso de Verónica, la irrupción del asesino en serie no solo rompe su mundo exterior, sino también su mundo interior. Cada víctima que aparece la enfrenta a un horror que no entiende, pero que siente como propio. Esa violencia externa despierta en ella otra violencia más silenciosa: la pérdida de identidad, el miedo constante, la sensación de no pertenecer a ningún lugar.
Creo que la literatura tiene la capacidad de iluminar zonas que normalmente permanecen en silencio. Y si en algún momento el lector se siente incómodo, quizá es porque está entrando en contacto con una verdad que solemos evitar. La violencia en mis novelas no busca herir al lector, sino recordarle que hay heridas que existen incluso cuando nadie las mira.
Verónica es un personaje que evoluciona mucho y de forma muy dura. ¿Te interesaba explorar esa línea difusa entre víctima y verdugo?
Sí, me interesaba explorar esa línea difusa entre víctima y verdugo, pero no desde el morbo, sino desde la complejidad humana. Verónica es una mujer que ha sido dañada, manipulada y silenciada durante mucho tiempo. La violencia que ha vivido la convierte en víctima, pero también la empuja a lugares emocionales donde la rabia, el miedo y la necesidad de sobrevivir pueden confundirse con algo más oscuro.
Me atraía esa zona gris donde una persona rota puede tomar decisiones que no siempre encajan con la idea tradicional de “inocencia”. No porque quiera convertirse en verdugo, sino porque está luchando por no desaparecer. Cuando alguien ha sido llevado al límite, cuando ha vivido rodeada de sombras, es fácil que sus reacciones parezcan ambiguas, incluso contradictorias.
En Verónica conviven la fragilidad y la fuerza, la necesidad de protegerse y el impulso de defender a otros, el miedo a repetir lo que ha sufrido y el temor de convertirse en algo que no reconoce. Esa tensión es lo que la hace humana. No es una heroína perfecta ni una víctima pasiva: es una mujer que intenta sobrevivir a su propia historia mientras la oscuridad que la rodea se vuelve cada vez más firme.
Explorar esa frontera no era justificar nada, sino mostrar que el dolor transforma, y que a veces, para no hundirse, uno puede rozar lugares que nunca imaginó.
Hay escenas de gran tensión y ritmo, casi cinematográficas. ¿Cómo trabajas la construcción de estas secuencias para que enganchen tanto?
Me alegra que las escenas transmitan esa tensión, porque para mí son un punto clave en la historia. Cuando escribo una secuencia intensa, lo primero que hago es vivirla desde dentro del personaje. No me interesa describir la acción desde fuera, sino sentirla desde el cuerpo de los personajes: su respiración, su desconcierto, sus impulsos y enfrentamientos. Esa perspectiva interna es lo que da ritmo y hace que la escena avance casi sola.
Después trabajo la parte más técnica: frases cortas, silencios que pesan, detalles que funcionan como detonantes. Visualizo la escena como si fuera una película, no para convertirla en un guion, sino para captar la luz, el movimiento, la atmósfera. Esa mirada casi cinematográfica me ayuda a decidir qué mostrar y qué ocultar, porque a veces lo que no se dice es lo que más tensión genera.
También juego mucho con el contraste. Una escena se vuelve más intensa cuando llega después de un momento de calma o de ternura. Ese choque emocional hace que el lector entre en la secuencia con más vulnerabilidad, igual que los personajes. Y como ellos viven cada experiencia desde un lugar de fragilidad y de búsqueda, su tensión se vuelve la del lector.
Creo que el secreto está en escribir desde el pulso del personaje. Cuando el personaje tiembla, la prosa tiembla con él. Cuando se rompe, el ritmo también se rompe. Y cuando la oscuridad se vuelve firme, la tensión es inevitable.
El dolor, la culpa y la oscuridad interior están muy presentes en tus libros. ¿Cuánto hay de reflexión personal en todo eso?
El dolor, la culpa y la oscuridad interior están presentes en mis libros porque forman parte de la condición humana. No escribo desde una experiencia personal concreta, sino desde una sensibilidad que me lleva a observar lo que muchas veces se esconde: las heridas que no se ven, los silencios que pesan, las emociones que uno intenta enterrar para poder seguir adelante.
Hay una parte de reflexión personal, sí, pero no en el sentido autobiográfico. Me interesa entender por qué sentimos como sentimos, por qué a veces nos castigamos más de lo que nos castiga la vida, por qué la culpa puede convertirse en una sombra que nos acompaña incluso cuando ya no tiene sentido. Esas preguntas me atraviesan como autora y se filtran en mis personajes.
En Verónica, esa oscuridad interior no es un adorno dramático: es un territorio que todos, en mayor o menor medida, conocemos. La diferencia es que ella no puede huir de él. Su historia me permite explorar cómo se construye una identidad cuando el dolor ha sido parte del camino, cómo se sobrevive a lo que no se nombra y cómo, incluso en medio de esa sombra, puede aparecer algo que la transforme.
No escribo para exorcizar nada, sino para mirar de frente lo que solemos evitar. Y quizá por eso mis personajes se mueven en esa frontera entre la herida y la luz: porque ahí es donde, a veces, se revela quiénes somos de verdad.
En Llegó el dolor das un paso más en la intensidad emocional y psicológica. ¿Qué querías llevar más lejos respecto a la primera novela?
En Llegó el dolor quería llevar más lejos aquello que en Llegó la nada solo podía intuirse. En la primera novela, Verónica vive protegida por un vacío que la mantiene a salvo de una verdad que no está preparada para mirar. En la segunda, esa protección desaparece. El dolor llega cuando la memoria, la identidad y la culpa empiezan a reclamar su espacio, y ese proceso es mucho más intenso y más oscuro.
También quería ampliar el mundo que rodea a Verónica. La historia se abre a escenarios cargados de silencio, de secretos y de una atmósfera que pesa. Todo se vuelve más incómodo, más emocional y profundo. Verónica se enfrenta no solo a lo que ocurre fuera, sino a lo que descubre dentro de sí misma, y ese viaje interior es lo que realmente lleva la novela más lejos.
En Llegó el dolor la oscuridad ya no es un telón de fondo: es un territorio que ella debe atravesar. Y ese tránsito, sin la protección de la Nada, es lo que convierte esta segunda parte en una experiencia más intensa, psicológica y reveladora.
Tus personajes femeninos tienen mucho peso y complejidad. ¿Es una decisión consciente poner el foco en este tipo de protagonistas?
Sí, es una decisión consciente, pero no en el sentido de buscar un mensaje, sino de escuchar a los personajes que me interesan. Las mujeres que escribo no responden a un arquetipo: son complejas, contradictorias, vulnerables y, a la vez, capaces de encontrar en su interior una fuerza que a veces ni ellas mismas reconocen. Me atraen esos matices, esas zonas grises donde la identidad se construye a partir de heridas, silencios y decisiones difíciles.
Creo que durante mucho tiempo los personajes femeninos han sido reducidos a roles muy concretos: víctimas, heroínas, acompañantes. A mí me interesa lo que ocurre cuando una mujer ocupa el centro de su propia oscuridad, cuando su historia no gira en torno a nadie más que a ella misma. Verónica es un ejemplo claro: no es perfecta, no es estable, no es predecible. Y precisamente por eso tiene tanto peso.
Poner el foco en protagonistas femeninas es, para mí, una forma de explorar la complejidad humana desde un lugar que ha sido menos escuchado. No escribo para reivindicar, pero sí para dar espacio a voces que merecen ser contadas con profundidad, sin filtros y sin miedo a mostrar su lado más incómodo.
A lo largo de la historia aparecen temas como el trauma, la identidad o la supervivencia. ¿Cuál dirías que es el mensaje principal que quieres dejar al lector?
Más que un mensaje cerrado, lo que me interesa es dejar una sensación: la idea de que incluso en los territorios más oscuros existe la posibilidad de reconstruirse. Mis novelas hablan de trauma, de identidad y de supervivencia porque son temas que atraviesan a cualquier ser humano, pero no busco dar respuestas, sino acompañar a los personajes —y al lector— en ese proceso de búsqueda.
Creo que lo esencial es mostrar que la oscuridad no define por completo a una persona. El dolor marca, la culpa pesa, la identidad se tambalea, pero siempre hay un resquicio por el que puede entrar algo de luz, aunque sea mínima. Verónica es un ejemplo de ello: no es un símbolo ni una víctima perfecta, es alguien que intenta entender quién es, después de haber sido despojada de casi todo. Y ese intento, esa lucha silenciosa, ya es una forma de resistencia.
Si hay un hilo que recorre toda la historia, es este: incluso cuando uno cree haber llegado al límite, todavía queda un espacio para elegir, para mirar hacia dentro y para seguir avanzando, aunque sea a tientas. No se trata de esperanza fácil, sino de la fuerza que nace cuando no queda otra opción que sobrevivir a uno mismo.
¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Eres de planificar toda la historia o de dejarte llevar por los personajes?
Mi proceso de escritura es sorprendentemente sencillo. No soy una autora de grandes esquemas ni de planificaciones exhaustivas. Lo que más disfruto es sentarme frente a una página en blanco y empezar a escribir. Para mí, ese momento es pura libertad. Nunca he sentido el bloqueo del escritor; al contrario, lo difícil es elegir qué historia atender primero, porque siempre tengo varias esperando su turno.
Mi imaginación no se detiene, y creo que por eso no podría dejar de escribir aunque quisiera. Los personajes aparecen, hablan, empujan, reclaman espacio. Yo simplemente los sigo. A veces sé hacia dónde van, otras veces son ellos quienes me sorprenden y me llevan por caminos que no había previsto. Esa mezcla entre intuición y escucha es lo que da forma a mis novelas.
No escribo desde la planificación, sino desde el impulso. Desde esa necesidad casi física de dar vida a lo que ya está latiendo en mi cabeza. Y cuando una historia quiere nacer, lo único que necesito es tiempo para dejarla salir.
¿Hubo alguna escena o parte de la historia que te resultara especialmente difícil de escribir?
No diría que hubo una escena difícil de escribir en el sentido técnico o creativo. Nunca he experimentado el miedo a la página en blanco; al contrario, escribir es el lugar donde me siento más libre. Como todo en mis novelas es ficción, no me cuesta enfrentarme a escenas duras o intensas. Las escribo con la misma naturalidad con la que imagino cualquier otro fragmento de la historia.
Lo que sí me exige más es encontrar el lugar adecuado para cada escena. Me gusta visitar los espacios donde transcurre la historia, vivirlos un tiempo, observarlos, sentirlos. Necesito caminar por ellos, escuchar sus sonidos, entender su luz. Esa parte del proceso es más compleja que la escritura en sí, porque requiere presencia, tiempo y experiencia. Una vez que el lugar se vuelve mío, la escena fluye sin esfuerzo.
Algunas partes de la novela me remueven más que otras, no porque me cueste escribirlas, sino porque sé que van a tocar al lector. Esas escenas requieren sensibilidad, pero no dificultad. Para mí, lo verdaderamente complicado no es escribirlas, sino encontrar el tiempo para dar vida a todas las historias que tengo esperando. Mi imaginación nunca se detiene, y creo que por eso disfruto tanto cada página.
Después de estos dos libros, ¿sientes que esta historia está cerrada o que aún queda algo más por contar en este universo?
Después de Llegó la nada y Llegó el dolor, tengo claro que esta historia no está cerrada. Llegó el dolor deja muchos frentes abiertos, verdades que pesan y heridas que todavía no han encontrado su lugar. Sería imposible detenerse ahí.
De hecho, la tercera parte, Llegó el silencio, ya está escrita. Era inevitable: la historia la pedía. Necesitaba ese cierre, esa última mirada a todo lo que ha quedado suspendido. Ahora solo queda esperar el momento adecuado para que vea la luz.
Así que sí, queda más por contar. Y lo que viene no es un añadido, sino la pieza que completa este viaje.
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