1. Christian, en tu presentación hablas de ti como un “traficante de sueños”. ¿Qué significa para ti esa definición y cómo se refleja en tu libro?
No es que yo hable exactamente de mí como un traficante de sueños, sino que me gustó hacer ese símil, esa mezcla entre lo que me acusaron y lo que siento que soy en realidad. Cuando utilizo esa expresión no me refiero a traficar en el sentido negativo de la palabra, sino todo lo contrario: hablo de repartir, de conocer, de contagiar ilusión, de ayudar, de sentir y de mover sueños de una persona a otra.
En aquel viaje lo único que hice fue seguir un sueño que tenía, y lo que intento ahora con este libro es dar a otros la posibilidad de perseguir los suyos. Para mí, Traficante de Sueños significa demostrar que hay algo y alguien más detrás de lo que se ve, y que si haces lo que sientes que tienes que hacer, la vida siempre te pondrá un bonito camino y también una solución a lo malo que te pueda pasar.
Creo que los sueños no solo sobreviven después de lo malo que te haya pasado, de la oscuridad, del miedo y de la soledad, sino que incluso desde ahí también se pueden crear y compartir nuevos sueños. Yo lo relaciono con mi propia experiencia: me quitaron la libertad y me acusaron injustamente, sin saber realmente quién era y sin recibir la ayuda que considero que merece cualquier persona. Pero lo que nunca pudieron quitarme fueron mis sueños, mis ganas de seguir soñando y, sobre todo, la manera de afrontar las cosas negativas de la vida. Porque los sueños no son solo la ilusión del futuro, son también la fuerza del presente: la oportunidad de empezar algo nuevo ahora, aunque sus resultados solo los veas en un mañana.
Al final, ese tráfico del que hablo no es de mercancías: es de humanidad, de ilusiones y de vida.
2. Eres enfermero de profesión, pero dices que curas mejor con palabras. ¿En qué punto descubriste que la escritura también podía ser una forma de sanar?
Para mí la escritura es una prolongación de lo mismo. No se trata solo de contar una historia mejor o peor, sino de crear un sentimiento, de expresar lo que muchas veces no sabemos decir en voz alta. De hacer que el lector pueda trasladarse a ese momento y a ese lugar, y sentir lo mismo que sintió ese personaje en su historia.
Para mí, escribir es dar palabras a lo que llevamos dentro. Poner voz a ese sentimiento que aparece en un viaje, en una pérdida, en una historia de amor… Es sentir que lloras, ríes o sufres igual que lo hace el personaje. Pero no solo eso: escribir también es crear vida de la nada. Es imaginarte un lugar con detalles, con colores, con olores, con viento, con nubes… incluso cuando ni siquiera sabías que existía.
Escribir es el arte de poder trasladar a una persona al lugar que deseas y con el sentimiento que deseas. Es poder decirle al cerebro de esa persona que se encuentra allí, que es ese personaje, aunque físicamente esté en otro lugar.. Escribir es hacer magia creando lugares, sentimientos e historias a través de palabras.
3. Tu obra nace en los paisajes de Namibia. ¿Qué tiene ese lugar que lo convirtió en el origen de esta historia?
Namibia es un país increíble, casi único, porque mezcla tres cosas que es casi imposible ver juntas en un mismo lugar. Tiene un mar salvaje, con olas capaces de arrastrar barcos, ballenas, y donde miles de focas construyen su hogar. Tiene un desierto inmenso y rojizo que muere directamente en el océano, en esa maravilla llamada Sandwich Harbour.
Y, además del que para mí es el parque nacional más auténtico del mundo, Etosha, tiene una zona verde, llena de vegetación y vida, que parece no tener nada que ver con el resto del país, como es la Franja del Caprivi.
Pero si algo hace especial a Namibia es su silencio. Esa sensación de no ver a nadie, de encontrar más animales que personas, de sentir que quizá eres el primero en pasar por ese camino. Su baja densidad de población lo convierte en un lugar diferente a cualquier otro.
Si tuviera que definir Namibia con una sola palabra, sería ‘virgen’. O quizá ‘auténtico’. No lo tengo claro.
4. ¿Cómo fue ese tránsito de escribir solo para tu círculo cercano a decidirte a publicar Traficante de Sueños para el mundo?
Desde niño siempre tuve mucha imaginación y fui desarrollando un gran sentimiento por las personas y los lugares. Con el tiempo me di cuenta de que se me daba mejor expresarme escribiendo que hablando. Escribía para momentos especiales: para algún amigo, para un cumpleaños, para un pequeño relato o incluso para algún concurso. También empecé alguna novela de ciencia ficción que nunca llegué a acabar y que tengo pendiente. Siempre tuve ese ‘run run’ de que algún día escribiría una historia única.
Lo que nunca imaginé es que mi primer libro sería este, y mucho menos que nacería así. Después de la cárcel no tenía ninguna intención de escribir ni de contar nada, y muchísimo menos de publicar algo relacionado con eso. Pero a raíz de un amigo, todo comenzó sin quererlo, casi sin darme cuenta. Esa experiencia terminó siendo solo la excusa para escribir algo más profundo, más honesto.
Ahí entendí que podía ser el inicio de un nuevo camino, una nueva etapa. No solo quería contar una historia, sino intentar ayudar a las personas y ayudarme también a mí mismo. Quería unir mis pasiones —viajar, escribir y sentir— y darles forma para construir un proyecto bonito, verdadero y con alma.
5. Dices que no importa si la historia es real, un sueño o ficción. ¿Qué es para ti la verdad en la literatura?
Cuando digo que no importa si la historia es real, un sueño o ficción, quiero decir que lo importante no es la historia en sí. No es si pasó o no pasó, si está exagerada o si ocurrió exactamente así. Lo que realmente importa es el sentimiento que creas con esas palabras. Si lo que cuentas llega, si logra que el lector se traslade a ese lugar, a ese miedo, a ese viento, a ese olor… entonces la historia ya tiene verdad.
Sé que la verdad de la vida suele estar en los números, en los hechos, en las leyes, en lo tangible. Y yo siempre fui muy de eso, muy empírico. Pero con el tiempo descubrí que existe otra verdad, una que no se puede medir ni demostrar: la verdad del sentimiento.
Si los hechos y los datos representan la realidad consciente, la que entendemos con la cabeza, el sentimiento es, para mí, la realidad del alma.
Y creo que, al final, cualquier ser humano —antes incluso que lector— reconoce la verdad en aquello que siente como auténtico. No importa si nace de la realidad, del sueño o de la ficción.
6. El miedo aparece en tu relato como un motor de transformación. ¿Qué aprendiste de él en tu viaje personal?
Del miedo he aprendido que aparece por algo, que es natural y que siempre estará ahí. Pero también he aprendido que, como casi todo en la vida, pasa. Y mientras pasa, hay que mirarlo con actitud, con valentía, con una sonrisa. No por fuera —porque muchas veces será imposible—, pero sí por dentro.
Para mí, el miedo es normal. Si no hay miedo, no hay sueño. Y si no hay sueño, no hay vida. Yo siempre priorizaré mis sueños antes que mis miedos, aunque a veces ese miedo me lleve a lugares oscuros, como fue la cárcel. Incluso ahí habrá merecido la pena, porque habrá servido para aprender.
Y hoy sé algo más: el miedo no significa que algo malo vendrá, sino que eso malo también se irá, para que llegue después algo increíble, auténtico y único. Prefiero arriesgarme a atravesarlo para alcanzar quién quiero ser y dónde quiero llegar, antes que evitarlo y conformarme.
7. En el fondo, tu libro habla de amor: hacia uno mismo, hacia los demás y hacia la vida. ¿Cuál fue el mayor descubrimiento emocional que hiciste al escribirlo?
El mayor descubrimiento emocional al escribir Traficante de Sueños fue aprender a decir, mirar y sentir todo lo que llevaba dentro desde hacía años. Lo que nunca dije a mi familia. Lo que quiero llegar a ser. Lo que es hora de dejar atrás porque no suma. Y también los sueños reales, conscientes, los que de verdad quiero construir en mi vida.
La cárcel fue como una señal, una metáfora que me colocó en el momento exacto para decirme: ‘Eh, amigo, llegaste hasta aquí. No ha estado mal… pero es hora de darle una vuelta, de soltar lo que tengas que soltar y de pulir lo que haga falta para empezar un camino nuevo.’ Para que, cuando saliera, no solo fuera libre por fuera, sino también por dentro. Para que mi alma tuviera más espacio, más luz, más verdad.
Escribir el libro me ayudó a enfocarme en lo esencial: en querer mejor, en valorar a quienes tengo cerca, en mirar lo bueno de mi familia, en sanar cosas que llevaba tiempo callando. A trabajar mis sombras sin esconderlas. A elegir un camino más consciente, más honesto, más mío.
Fue un ‘despierta, acepta y empieza’. Un punto de inflexión para dejar atrás lo que pesa y dar paso a lo que realmente quiero: una vida más sentida, más libre y más auténtica.
Y quizá por eso Traficante de Sueños no es una historia de cárcel ni de miedo. Es una historia de amor: de amor conmigo mismo, de amor con los demás y de amor con la vida.
Porque al final lo que mueve este libro no es lo que me pasó, sino lo que sentí. No es la oscuridad, sino lo que decidí hacer con ella. Todo nace de poner el alma por delante: en cómo miro, en cómo quiero, en cómo trabajo, en cómo vivo. Y entendí que cuando uno pone verdad y sentimiento en lo que hace, la vida —o esa energía que todos intuimos— lo ve. Y entonces lo que llega después siempre acaba siendo mejor.
8. Tu espíritu viajero está muy presente en tu obra. ¿De qué manera los viajes moldean tu mirada como escritor?
Para mí, viajar es mi mayor pasión en la vida. Cada vez que salgo, puedo sentir una perspectiva diferente de todas las cosas. Me encanta descubrir lugares nuevos, gente nueva, culturas nuevas… ver lo distinto que es el mundo según donde estés. Siempre siento que cada lugar tiene algo silencioso que contarte, algo que solo aparece cuando observas con calma y te dejas llevar por el sentimiento.
Viajar, para mí, es crecer como persona. Es el mejor entrenamiento invisible de la creatividad. Cada viaje me acerca un poco más a quién quiero ser y a lo que quiero hacer; me da una visión que aquí, en mi día a día, no siempre puedo ver ni sentir.
Combino viajes en avión con esos viajes más clásicos que hago desde 2020 con mi querido Twingi, mi Twingo. Son experiencias diferentes y las dos me gustan, pero la autenticidad que te da viajar con tu coche —meterte por donde quieres, parar cuando te apetece, sentir que el camino es completamente tuyo— es algo que disfruto cada vez más. Con él he recorrido media Europa: he llegado hasta las Islas Feroe, Islandia, Senegal, cruzando incluso el Sáhara. Algunos viajes han sido por placer y otros con un fin solidario y de ayuda.
Mi sueño es unir esas tres pasiones: viajar, escribir y ayudar. Y me gustaría que Traficante de Sueños sirva para el inicio de ese proyecto. Aún no sé qué forma tendrá, pero sí sé que quiero escribir sobre los países que visite, sobre las personas que encuentre, y mostrar de una forma diferente cómo se vive, qué se siente y qué historias laten en cada lugar.
Tengo muchos sueños con mi Twingo: dar la vuelta entera a África, llegar hasta Alaska… y que ese camino sea algo productivo, algo que aporte. Encontrar la manera de hacerlo posible.
En definitiva, viajar no solo te enriquece como persona: te da imágenes, olores, colores, emociones y sentimientos que luego puedo incorporar a cada palabra que escribo.
9. Si tuvieras que resumir en una sola frase lo que deseas que un lector se lleve después de leer Traficante de Sueños, ¿cuál sería?
Sentir es la mejor manera de pensar y de actuar, aunque a veces el camino no acabe como esperas.
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