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“La casa de campo” | Por Martín Isidro Vázquez León

“La casa de campo” | Por Martín Isidro Vázquez León

La casa de campo estaba ubicada en el centro de una llanura. Las montañas que tanto apasionaban a Pepito se encontraban muy lejos de su morada. Las altitudes de sus sueños, de sus ilusiones, permanecían como siempre: adornadas por unos viejos pero bellos olivos distribuidos perfectamente en ringlera. Pepito trabajaba con su imaginación en torno a su deseo de irse de mayor a vivir a las montañas. Los olivos de su fantasía. José, su padre, lo llevó en tres ocasiones a su lugar preferido. A Pepito no le era suficiente con esos tres maravillosos viajes. Mas su padre le decía que tenía que laborar su tierra, la que iba a heredar: las plantaciones de girasoles. Pepito no quería. No le gustaba la llanura. Para él era muy monótona, desértica y sin paisaje; no encontraba ningún interés en los girasoles. Los veía como un cultivo frágil, triste, sin belleza. Su futuro lo realizaría en la montaña quisiera o no su padre. Su única alternativa era la montaña de la esperanza. José estaba inquieto y pensativo ante la actitud de su hijo, pues el esfuerzo y trabajo de toda su vida se le hundía ante las perspectivas evasivas de este que solo quería la montaña. La madre de Pepito había muerto hacía dos años y cuando a José se le había pasado el dolor por lo acontecido volvía a conmoverse ante la actitud de su hijo.

–Debes aceptar y acatar lo que te diga, que yo sé del campo más que tú.

–Pero papá, llevo toda mi vida en esta árida y pobre llanura y mi única ilusión es la montaña. A pesar de todo yo estaré aquí todo el tiempo que tú vivas; todavía queda mucho…

–En eso estoy de acuerdo hijo, pero me duele y preocupa que tú quieras vender y deshacer todos los esfuerzos, no solo míos, sino de tus abuelos y de toda nuestra generación familiar.

–¡Alguna vez se tendría que cambiar de actividad! Siempre lo mismo… además, solo me has llevado a las montañas tres veces y eso es para mí como una tortura, un paraíso perdido que yo espero alcanzar algún día…

–Me sorprende que tú quisieses desde tan pequeño dejar nuestra tierra. Y… ¿eso por qué? Explícamelo de una vez.

 –No hace falta explicar mucho. A mí me gusta más la montaña por esto. Nada más.

–Pero no sabes lo caros que están los olivos allí arriba para que después nadie te compre las aceitunas. Cada vez se lleva más el aceite de girasol…

–Eso es con lo que yo no puedo papá, el aceite que hay que producir es el de oliva, original de nuestras tierras mediterráneas, propio y nuestro. Los girasoles vienen importados del Perú. Nuestro aceite y nuestra tierra sin otros productos que acaben con la tradición.

–Bueno… Haz lo que te parezca pero nunca se debe de llevar la contraria a un padre.

Al pasar un año de la conversación entre padre e hijo la situación era distinta: justamente favorable a Pepito. La cosecha de aceitunas había prosperado y los vecinos de las montañas ya pensaban en construir una nueva cooperativa. Sin embargo, cuando los girasoles eran pequeños y todavía les quedaba tiempo para madurar, una granizada torrencial azotó la cosecha de José durante varios días. Tal era la ruina que iba a sumir a padre e hijo a la pobreza. José, desesperado, no sabía cómo solucionar el problema: el año anterior la cosecha fue escasa y la mayor parte de lo que produjo lo había gastado en un tractor nuevo y en arreglar la casa. Pepito una y otra vez le repetía que se olvidase de todo aquello y que aceptase la propuesta que desde hacía unos meses le ofrecía Jerónimo el millonario. Se trataba de efectuar un trueque entre la casa y finca de José y un cortijo y finca de mucha más extensión en la montaña. Por si fuera poco, Jerónimo el millonario, ante la negativa rotunda de José, quiso pagarle más dinero. La cuestión de la generosa oferta respondía a que aquél deseaba construir una nueva cooperativa en la llanura y, por lo tanto, quería que José se uniese a todos en la tarea de crear una gran industria del aceite de oliva. Siempre necio y testarudo, José no quiso aceptar durante algún tiempo, pero ante el impulso y ruego de Pepito cedió y este fue el fin de la plantación de girasoles. Al mes del contrato, padre e hijo se encontraban en el cortijo de su nueva tierra, ayudando al progreso de esta y saliendo de la miseria que se hubiese apoderado de José en el caso de haberse resistido a seguir en la casa de campo. Pepito, más feliz y contento que nunca, madrugaba todos los días para ayudar a su padre a trabajar la nueva tierra. Por las tardes, cuando su actividad había terminado, se iba con su nuevo vecino, Javi, a buscar fósiles y rocas por las mañanas. Las montañas de sus ilusiones y aventuras.


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