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«Justicia de ultratumba» por Carlos Cervera López

«Justicia de ultratumba» por Carlos Cervera López

Debe de llevar ahí sentado, desde las cuatro de la tarde. Eso es lo que se preguntaban los trabajadores de la taberna la gaviota. No habla apenas con nadie de los que han ido pasando a lo largo de todo este tiempo. Sólo saben su nombre, Silvio. Lo único que dice cada veinte minutos, es, una copa. Le ponen su copa de coñac y se dedica a saborearla pegando pequeños sorbos. Por su mirada perdida, se puede decir que ya está bastante borracho, pero nadie se atreve a decirle nada. Las tres personas que trabajan en la taberna. Dos chicos y una chica, son demasiado cobardes cómo para acercarse a hablar con él. Esperan a que se haga la hora del cierre y tengan que llamar a la policía. Silvio viste unos pantalones de tela de color azul y una camisa de manga corta de color crema. La camisa tiene un bolsillo que está roto por un lado, y que deja entrever lo que parece, es una pequeña libreta. Palpa con su mano derecha la copa, mareando lo que queda del coñac.

Todavía quedan unas tres horas para cerrar, y eso hace que el tiempo les parezca que va muy despacio. Apenas tienen gente en el local, pero la tensión por ver a Silvio sentado en una esquina, le produce un agobio de los grandes. Uno se pone a barrer el suelo una y otra vez. El otro muchacho va limpiando la barra con un trapo húmedo, sin dejar que esta termine de secarse, y ella se pone a ordenar los vasos de cristal, una y otra vez.

La puerta se abre y aparece una mujer gruesa que lleva de la mano a un niño de unos cuatro años – Hola, buenas tardes – Dice la mujer con una sonora voz ronca. Los dedos de sus manos están amarillentos, producto de su adicción al tabaco. Es una señora de la zona, que es muy conocida por todos. Lleva de la mano a su nieto más pequeño. – Quiero una botella de tinto, ya sabes cual me gusta – Uno de los muchacho va a un pequeño almacén que tienen justamente a su espalda. El pequeño se queda mirando fijamente a Silvio. Cómo si supiese que es lo que está pensando. Silvio levanta la mirada. Tiene el rostro colorado, producto de la ingesta excesiva de alcohol. Se limita a sonreír al pequeño. Tiene los dientes negros. Esto, al niño, le horroriza bastante, y agacha la mirada. Del almacén sale el chico que había entrado a por la botella de vino. La mujer con el niño, se marcha de allí. En los metros que hay de la barra a la puerta, el niño vuelve a mirar a Silvio mientras su madre le agarra de la mano, estirando al pequeño. Ni siquiera se da cuenta de la presencia de Silvio, quien vuelve a lo suyo. Saca de su bolsillo un paquete de tabaco. Saca de su interior un cigarrillo que enciende. Seguidamente tira a agarrar  la agenda de su bolsillo. Por fin se levanta de la silla. En un momento, pierde el equilibrio, pero consigue agarrarse al canto de la mesa. Aquello le impide caerse al suelo. – ¿Dónde hay un teléfono?- Pregunta. Es lo único que han conseguido entender de él, los tres chicos. Cuando le indican que la cabina está justo al lado de la puerta, piensan que este será el principio del fin. Se terminará largando de aquí y podrán así, descansar de aquella presencia tan incómoda. Silvio saca de su bolsillo unas monedas. No se entiende cuanto apenas lo que está diciendo, pero se sabe que es una conversación. Los tres jóvenes no se atreven a acercarse. Temen que el borrachin de Silvio les propine un severo golpe en la cara. Estará así al teléfono, unos diez minutos.

Otra persona irrumpe en la taberna. Es Joaquín. Otro viejo conocido de la zona. – Vengo a tomarme el último chato de vino antes de que cerréis- Por un momento, respiran aliviados por el bueno de Joaquín. Un señor de setenta años que después de haberse jubilado cómo contable, pasa muchas veces por aquí. – En algo habrá que ocupar el tiempo para distraerse – Es lo que siempre dice cuando le preguntan por aquello de venir muchos días a tomarse un vino a la taberna. – ¿Quién es ese? – Pregunta en voz baja para que no le escuche. – Se llama Silvio y lleva aquí muchas horas – Dice la muchacha, que está de los nervios. Con Joaquín delante, por la confianza que se tienen, no se corta ni un pelo a la hora de expresar lo que siente. Silvio se sienta de nuevo donde estaba. Pasa por al lado de estos, pero parece que no se da cuenta de nada. Queda media hora para cerrar y ya tienen preparado el número de la policía por si acaso. – ¿No pasa por aquí el policía de barrio?- Es lo que se pregunta Joaquín. Lo que no sabe es que ya no hay policía por esta zona desde hace mucho tiempo. Joaquín está un buen rato hablando con los chicos. Aquello les tranquiliza, descomprimiendo un poco la tensión del ambiente. Finalmente, el bueno de Joaquín, decide marcharse. – Me voy, que no quiero tener bronca en casa con mi mujer.

Meses antes, Silvio había conocido a una mujer de la cual se había enamorado profundamente. Era de su edad y hacía poco tiempo que se acababa de separar de su marido. Una mujer hermosa como pocas, y con un carácter que a Silvio le ponía a mil. Una de las noches en las que salieron a tomar los dos, unos tragos. Terminaron por pelear entre ellos,  sin motivo aparente . No les había pasado anteriormente desde que empezaron a salir. juntos. Aquello era algo que el mismo Silvio no comprendió en su momento, y sigue sin comprenderlo. Fue una discusión provocada por los celos de ella y también lo posesivo que es él. Dos caracteres muy definidos que terminaron chocando entre sí.  Recordar aquellos días, provoca en Silvio, el entornar la mirada y apretar los dientes de rabia. Aprieta entonces su puño, dando un fuerte golpe en la mesa. Aquello ha provocado en  los tres jóvenes, un sobresalto tremendo. Uno de ellos no aguanta más y se dirige al teléfono del pequeño despacho que tienen justamente, al lado del almacén. La chica lo retiene y le pide por favor que espere unos minutos más. – Parece que se va a marchar de aquí enseguida . Noto que está empezando a sentirse incómodo. – Su compañero no le cree sus palabras, pero prefiere hacerle caso y no discutir. No están las cosas para eso ahora mismo. No vaya a ser que se pusieran peor. Las palabras de la joven, parece ser que han surtido efecto, y el borracho de Silvio se marcha del local, no sin antes, dejar una suculenta propina para los tres empleados que están ahora mismo, muertos de miedo,  acompañada de una, no menos, suculenta cuenta que ha sido pagada con todas las de la ley. Silvio echa un pestazo a alcohol, que tira para atrás. Al salir de la taberna, va haciendo eses, y algunas personas de la calle se le quedan mirando. Tienen el valor de ir a su coche que lo tiene aparcado al final de la misma calle. Ya es de noche y hace frío. Silvio no siente nada de ese frío cortante. Su coche, un precioso cadillac de color marrón, lo tiene aparcado, con las ruedas de la parte derecha, pegadas a la acera. Se monta en él, y se queda sentado en silencio, mirando al horizonte. No hay nada más, que una calle con varias  personas que están tranquilamente paseando. Decide arrancar el vehículo  y marcharse de allí. No sabe a dónde irá, ni tampoco lo que hará con el cadáver de su novia, que está dentro del maletero, envuelto entre unas mantas de rayas de colores. Lo que le tranquiliza es que al no hacer calor, el olor a putrefacción no ha salido a relucir. Dicen que el alcohol es bueno para olvidar, pero en este caso, ha terminado por torturar mentalmente al borrachin de Silvio, quien ya no sabe cómo deshacerse de las pruebas ni tampoco, cómo terminará todo esto. Piensa por un momento, que esto es una venganza del más allá. Justicia de ultratumba.


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