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El fantasma de Elbrús | Por Anate Rivera

El fantasma de Elbrús | Por Anate Rivera

I

(La amenaza)

Lo intentaron sin éxito; su mujer le suplicaba, parada a su lado frente al espejo, mientras se ajustaba brusco el nudo de la corbata estirando el cuello tenso; la noche anterior, sus hijas se habían arrodillado junto a él acomodado en la butaca de cuero oscuro para rogarle. El gobernante se mostró en todo momento desafectado; la soberbia le amordazaba el sentir, la lujuria de poder lo manejaban como hilos de marioneta. No hubo modo familiar de impedir que subiera al estrado presidencial y, mirando con desdén hacia las cámaras, pronunciara con frialdad lo que sería el mayor temor de la humanidad. Aferrado al atril, elevó su gran amenaza al mundo de hacer uso de las armas nucleares si las tropas enemigas no se rendían antes de cuarenta y ocho horas. El terror había sido sembrado por toda la superficie de la tierra. Los gobiernos de todos los países trataban de buscar la manera de abortar el posible ataque definitivo de consecuencias desastrosas. No tardarían en producirse las presiones, el orden mundial quedaba en manos del pueblo masacrado. El tiempo les corría en contra. “Tic… tac… tic…tac…”

II

(El héroe)

Veinticuatro horas pasadas, un video se difundía por las televisiones del planeta. Un joven adolescente leía ante la cámara, temblándole el pulso, una carta manuscrita. Hacía magnos esfuerzos por transmitir contundencia, sin vacilar, reuniendo presencia de ánimo y confianza para la confesión a la que se disponía.

“Querido abuelo: te crees el hombre más poderoso del mundo, pero no por  grandeza humana, pues recurres al miedo. He llegado hasta Kiev para pedirte que, a cambio de mi vida, que entrego voluntariamente, abandones las armas y firmes públicamente una declaración de paz para este país vecino”.

Aquellas cuarenta y ocho palabras conmocionaron al mundo. Plegó la cuartilla mirando fijo a la cámara, y añadió que el plazo expiraría transcurridas doce horas, al cabo de las cuales sería ejecutado. Tomó aire y concluyó imperturbable: “En directo”.

Las pantallas se volvieron negras, los espectadores de todos los confines en silencio repentino, al poco fueron los murmullos, el desconcierto generalizado, tensión máxima. El joven resopló llevándose una mano al corazón hasta recuperar el ritmo respiratorio natural, excitado durante la exposición al medio. Tiró de la bandera azul y amarilla, que pendía de un perchero, a un lado de la mesa cubierta con una sábana que ocultara su procedencia; la dobló con cuidado antes de depositarla junto al comunicado. “¡Escóndela!”

— ¿Tú  no crees que tu abuelo se vaya a enfadar por esto?—preguntó el compañero de internado rodeando el trípode que soportaba la grabación.

—Supongo que lo primero que hará será comprobar que no estoy aquí. Tendré que ocultarme en alguna parte durante doce horas. La guardia nacional no tardará en presentarse.

Le sugirió su amigo que lo hiciera en la lavandería, en los contenedores de ropa. No había tiempo que perder. Debía actuar con rapidez.

Recorrió pasillos interminables y escaleras hasta llegar a su refugio improvisado. Lo que acababa de acometer distaba demasiado de la peor de las novatadas.

Se había llenado los bolsillos de caramelos con leche condensada, barras de nueces con fruta y barquillos de praliné, avituallamiento para pasar la noche. Hacia las once cayó rendido entre uniformes grises en espera de planchado.

III

(El fantasma)

Aquella noche  tuvo un sueño muy revelador, huía desesperado por el monte Elbrús cuando en la neblina anochecida  se le apareció el legendario fantasma del Escalador. Iba vestido de negro y máscara igual. Se acercaba mucho para hablarle, con una voz terrible pero gesto amable, solo implacable con los malhechores, a los que castigaba robándoles el recuerdo; mas beneficiario de los hombres de bien. El fugitivo le contó la historia de la amenaza nuclear, y el caballero oscuro lo condujo hasta la sólida orilla del glaciar. Le entregó un bloque de hielo donde debía atrapar un reloj por tanto tiempo como necesitara para llevar a cabo su misión. Sabía de las nobles intenciones del joven, por el bien de la humanidad, bajo una fingida operación de entrega de la vida propia para salvar al resto. El pequeño héroe no terminaba de entender el significado de la encomienda, el fantasma del monte le explico que esa estrategia mágica serviría para congelar el tiempo y ganarlo con el fin de revertir la futura catástrofe a la que pretendía condenar su abuelo a millones de seres. El habitante del Elbrús le concedería también el poder de instaurar el alto al fuego definitivo, irrevocable, al detener las manillas del reloj mundial. Aceptó el reto sin rastro de duda.

IV

(La misión)

Después de que la figura negra le exhalara un aire blanquecino, su cuerpo se disolvió para reaparecer en la realidad habitual. Se hallaba frente al Kremlin, gente por todas partes, en posturas congeladas, vehículos detenidos y pájaros quietos suspendidos en el cielo, ingrávidos. Se dirigió hacia la residencia del presidente, su abuelo, donde consultó planos y ordenadores bajo la mirada estática e inanimada de la guardia personal del líder político. Ni el más mínimo pestañeo. Vivía la sensación de encontrase en un museo de cera, la situación empezaba a resultarle divertida. Se sentía poderoso, aunque motivado por el beneficio común. Accedió al Servicio de Inteligencia Militar de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa; los altos cargos posaban como maniquíes inofensivos a pesar de las condecoraciones de guerra. Estaban colocados delante de las pantallas múltiples emisoras de imágenes satélites. Estudió con detenimiento todas y cada una de ellas, aunque no estaba seguro de saber manejar la situación y las órdenes adecuadas que modificaran las operaciones militares establecidas. Pensativo, percibió una nueva exhalación a sus espaldas y enseguida supo cuál debía ser la opción a ejecutar. Canceló actuaciones futuras previstas y reprogramó la trayectoria de retroceso de las tropas desplegadas en el  territorio invadido. Se pasó el dorso de la mano por la frente. Estaba hecho. Ahora tendría que continuar alterando el curso de los acontecimientos fuera del recinto gubernamental, y encaminó sus pasos hacia la redacción de la Gazeta de Moscú. Allí avanzaba sorteando redactores inmóviles con determinación, inspeccionó los titulares que verían la luz a la mañana siguiente y los fue rectificando a su antojo. La sonrisa se iba abriendo camino en su semblante. Ante cualquier dificultad invocaba al fantasma, quien mediante exhalaciones le dispensaba las respuestas. Visitó cada instalación de prensa repitiendo la operación comunicativa. A la caída del sol, puso punto final a su hazaña periodística. Sacudió las  manos satisfecho, y volviendo a solicitar la ayuda del Escalador Negro regresó a la bruma del monte. Le fue devuelto el trozo de glaciar que custodiaba su reloj, asimismo la autorización para prender una pequeña hoguera que derritiera el bloque gélido. Al cabo de un tiempo el reloj quedó liberado y de nuevo puesto en marcha gracias a unos suaves golpes sobre la esfera de cristal.

V

(La paz)

Oyó pasos lejanos, tenía que abandonar el montón de ropa antes de la llegada de las lavanderas. A modo de tobogán, deslizó el cuerpo con sigilo y cautela entre las prendas de vestir, logrando desaparecer sin ser visto hasta la zona de los dormitorios. Se respiraba un ambiente especial, pareciera que el júbilo transitara aquellos espacios. Todos caminaban delante distendidos, relajados, más livianos, como liberados de un gran pesar. Bajó al refectorio en busca del desayuno y fue en aquella estancia donde todas las miradas le cayeron encima extrañadas al tiempo que la suya lo hacía sobre un ejemplar del periódico matutino, lo que le llevó a descubrir la razón de los nuevos aires respirados, una suerte de alegría serena que reconfortaba el espíritu. Allí estaba la gran noticia, la devoró mientras hacía lo propio con un bollo relleno de mermelada de arándanos.

Alguien lo abrazó por detrás. Era su compañero de guión, su cómplice leal en un derroche de contento.

  • ¡Enhorabuena, Dmitry, lo has conseguid!—lo felicitó su amigo agitando las páginas de un periódico a escasos centímetros de la cara de la nueva leyenda.

Rusia acababa de firmar la paz, el ejército se retiraba de Ucrania, aquel país recuperaba su libertad, pronto sus habitantes, refugiados en países aledaños, volverían a su tierra, a reconstruir sus hogares, a enterrar a sus muertos y restablecer el orden torturado.

VI

(El castigo)

Como cada viernes, abandonaba el internado y regresaba a casa con su familia. Un coche oficial lo esperaba a las puertas para su traslado. El chofer le preguntó cómo le había ido la semana, a lo que respondió levantando el pulgar sonriente. Dos horas más tarde, ya estaba sentado degustando un chocolate caliente con una generosa porción de pastes de canela. El abuelo Vladimir se adentró en el comedor y dirigiéndose al joven  vociferó removiendo los brazos en el aire.

—¿Puede saberse quién demonios eres tú, joven?

—¡Pero papá…—se apresuró a responder la hija— es tu nieto!

—¿Y tú por qué me llamas papá?—continuó interrogando.

La muchacha se cubrió el rostro sollozando y echó a correr por donde el padre entrara.

             —Abuelo…estoy muy feliz porque se ha acabado la guerra.

             —¿De qué guerra me hablas?         


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