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«Cosas del señor Hugo» por Carlos Cervera López

«Cosas del señor Hugo» por Carlos Cervera López

-La verdad, estoy muy nervioso – Esto es lo que dice ahora mismo, Fermín. Un hombre de cincuenta años de edad y apunto de recoger a su padre de la residencia de ancianos. Está hablando con la directora del centro. La mujer, mientras está preparando los informes para darle el alta a su padre, le va diciendo las mejoras que ha ido experimentando a lo largo de este año y medio desde que fue ingresado. Supuestamente, hay cierta mejora en el carácter, eso, sobre todo, gracias a las charlas que ha ido manteniendo con la psicóloga del centro. – Tranquilo Fermín, tú padre es otra persona desde que está aquí con nosotros, y creo que ya va siendo hora de que salga a pasar unos días con sus hijos- La directora, una mujer de la misma edad que Fermín. Habla con esa confianza propia de alguien que comparte la misma edad y los mismos gustos musicales. Eso es debido a que, durante todos estos meses en los que el señor Hugo, el padre de Fermín. Ha estado aquí dentro. Las visitas del hijo eran todos los fines de semana. Nunca llegó a pasar de la puerta que da acceso a los pasillos donde pasean los ancianos. Siempre se ha quedado en el despacho de la directora, y así, pudieron ambos, intercambiar impresiones y aficiones. La directora sabe, que el señor Hugo tiene más hijos, pero sólo Fermín es el único que va a visitar a su padre. En cierta ocasión le llegó a preguntar la razón por la que sólo venía él. Fermín se muestra reacio a contar la verdad. Siempre pone excusas para este tema, y ya es algo evidente de que no es cierto lo que cuenta. Hay una verdad que es bastante significativa. Los dos hermanos mayores de Fermín, Claudia y Antonio. Utilizan al bueno del hermano pequeño, para controlar el estado de su padre. Los tres hijos han sufrido bastante con el déspota del padre. Un tipo que sentía verdadera satisfacción a la hora de atizar a sus hijos, con un palo de madera tallado, con la forma de una enredadera. El relieve de la madera, hacía que los golpes fueran más dolorosos. Los tres hijos, saben que su padre, tiene guardada una pequeña fortuna en la cartilla de ahorros.

La hora de salir a la calle, es una realidad. El señor Hugo, va en una silla de ruedas, con un traje con corbata, de color crema. Va con las rodillas tapadas. Su gesto es de pocos amigos. Por lo que se cuenta, siempre ha sido el mismo gesto. Un tipo que jamás ha sentido simpatías por nadie de sus allegados. La codicia siempre ha sido su única amiga. – ¿A dónde me llevas? – Dice con voz ronca, producto de un consumo excesivo de tabaco – Tranquilo papá. Te voy a llevar a tu casa. Fermín monta a su padre en una furgoneta que hace las veces de taxi. El señor Hugo se lo va echando en cara durante todo el trayecto. EL conductor asiste en silencio a la monserga de aquel anciano encanijado y con mucha mala baba. Su mano derecha está temblorosa, y señala a su hijo mientras este está cabizbajo, aguantando todo el chaparrón. Finalmente llegan a la enorme vivienda del señor Hugo. Ha llevado todo este tiempo cerrada. Solamente se ha visitado cada quince días, para ponerla en orden, el grupo de personal de limpieza y mantenimiento, que trabaja en la urbanización. Los dos hijos mayores ya están en la casa desde hace horas, están esperando a su padre y a su hermano pequeño. Se encuentran en el salón, sentados en sus respectivas sillas. Están en silencio, esperando a escuchar el tintineo de las llaves en la puerta. Cuando lo escuchan, se ponen de pie, para recibir a su padre. Él señor Hugo se queda mirando a sus dos hijos mayores. – ¿Qué hacéis así delante de mí? Traedme el pijama, que me quiero poner cómodo. Claudia es quien viste a su padre. Lo hace con cuidado, para no fracturarle ninguno de los débiles huesos de su cuerpo. Cuando está cómodo, lo llevan a su pequeño sillón y allí le dejan viendo la televisión. Los tres hermanos se reúnen aparte. Fermín es el responsable de dicha reunión. Sabe que sus dos hermanos mayores hacen su vida, y que apenas han pasado a ver cómo está su padre, aunque motivos tienen sobrados. No entienden las razones por las que Fermín ha ido tragando con esto durante tanto tiempo. – Parece mentira que no os deis cuenta- Les dice. He estado durante todo este tiempo, debido a que me he querido molestar en saber, donde hay ese pequeño tesoro, que vale más, que todo lo que tiene guardado en la cartilla del banco. Los dos hermanos se miran. Saben a lo que se refiere Fermín. Hay un colgante con un rubí, que fue un regalo de bodas que le hizo el señor Hugo a su mujer. Los hermanos quieren la joya de su madre. La recuerdan cuando eran pequeños. Su madre la llevaba en las fiestas importantes en las que iba el matrimonio. – Esa joya la tiene en la caja fuerte que hay detrás del cuadro que está con la pintura de una cacería. – Ese cuadro está justamente en el despacho del señor Hugo. En la segunda planta de la casa. Lo que ocurre es que no tienen la clave para poder entrar. Saben que la clave la tiene el señor Hugo. Su padre, pese a los años que tiene, conserva una memoria increíble. Los tres hermanos trazan un plan. Quieren contratar los servicios de unos sicarios que se encarguen de amenazar a su padre, cuando ellos no estén, supuestamente, dentro de la casa. Días después, consiguen una coartada para salir los tres de la casa. Dicen que se va a realizar unas compras a la capital. El señor Hugo, parece que le importa poco lo que hagan sus hijos. Aunque se haya suavizado en el carácter. El odio sigue estando dentro de él. Los tres hermanos pasan el día yendo de un lado a otro. La conversación sobre cómo iba a resultar el atraco, no sale en ningún momento. Cuando finalmente vuelven a la casa de su padre. Se encuentran con que no ha aparecido nadie. Todo está igual, salvo por un pequeño detalle. El señor Hugo está profundamente dormido. Está en la misma posición donde lo habían dejado hace más de siete horas. Sus tres hijos no se atreven a tocarlo. Es entonces cuando conciben un plan mucho más retorcido. Quieren acabar con él, directamente. Antonio es quien elabora un plan. Aplica sus conocimientos cómo químico, y opta por querer envenenarlo. Matarlo sin que sufra en ningún momento. Finalmente lo consiguen hacer, y se marchan de la casa, cada uno por su lado. No sin antes, haberse llevado algunos objetos de gran valor. No como el collar, pero por lo menos se han cobrado las molestias. Han terminado dejando el cadáver de su padre, recostado en su sillón.

Han pasado un par de semanas desde aquello, y tanto Claudia, cómo Antonio y Fermín. Hacen sus vidas cotidianas. Claudia acude cómo cada día por las mañanas, al gimnasio. Le gusta estar en forma para atraer la atención de los hombres. Es la única forma en la que ha podido vivir de ellos a lo largo de más de veinte años.  Después de cada sesión de máquinas, se pasa siempre por la sauna. A las horas en las que va, todavía no hay nadie. Ella, con su toalla blanca, cubriendo todo su cuerpo, se sienta en el banco de madera que hay dentro del habitáculo. Echa un cuenco de agua sobre el montón de piedras que hay en un rincón, donde entonces, sale un montón de vapor que hace que quede extasiada. El sudor y el calor, hace que se quede adormilada. Cuando un golpe seco, hace que se despierte. Entonces, lo que hace, es, querer salir de allí, pero le resulta imposible. Alguien ha atrancado la puerta desde fuera. No ha podido ver quien ha sido. Cuando al cabo de cuatro horas, viene una de las chicas a querer usar la sauna. Ve lo que parece ser, el palo de una fregona bloqueando la puerta. Aquello le hace sospechar. Nada más abrir la puerta, se encuentra el cadáver de Claudia tendido en el suelo. Aquella muerte dejó a sus dos hermanos, conmocionados. Antonio se enteró mientras estaba trabajando en su despacho. Una de sus secretarias le pasó el recado, y él. Estaba en una reunión, la cual cortó, para poder ir a hablar con Fermín. Los meses pasan, y todavía no se sabe nada de los culpables de la muerte de Claudia. Antonio sigue haciendo la misma rutina de siempre. El trabajo es su máximo. Son las ocho de la noche y como muchas otras veces, termina quedándose el último, pero eso a él, no le importa lo más mínimo. Sale de su despacho de camino al ascensor. Ya no queda nadie, solamente el tipo gordo de la garita de seguridad. El cual ya conoce su nombre, de las veces que se han visto las caras a la misma hora. Lo que ocurre es que, esta vez, Antonio tarda mucho en bajar. El guardia de seguridad, decide salir de la garita y subir por el ascensor hasta el despacho de Antonio. Sabe que no se debe encontrar con nadie más. La puerta del despacho de Antonio está abierta. Lo que le extraña, es que no escucha nada. No se oye el sonido típico de alguien trabajando. Cuando atraviesa el umbral de la puerta. Se le paraliza el corazón al ver el cuerpo de Antonio, tendido sobre su mesa de trabajo. Se puede ver claramente, como lleva en el cuello, clavadas unas tijeras. Un enorme charco de sangre mancha todos sus papeles llenos de informes. El vigilante se pone en guardia. El asesino debe de estar por algunas de las plantas inferiores. Demasiado tarde, ya que ha podido ser más rápido que él. Mientras el subía por el ascensor, el asesino bajaba por las escaleras. Las cámaras de seguridad registraron su imagen. llevaba una capucha, iba vestido de color negro y llevaba además un pasamontañas.

Fermín está nervioso. Empieza a ver cosas que no le cuadran, así que lo que hace, es marcharse de la ciudad, a una pequeña casita de madera justo al lado de la playa. Quiere estar seguro, de que nadie le va a molestar. Lleva días que no se quita de la cabeza la muerte de sus dos hermanos. Intenta hacer vida normal, pero no hay manera. El hecho de pensar, que está sólo. Le pone los pelos de punta. No se atreve a hacer amigos, ni tan siquiera de los hombres  que muchas mañanas, pasan cerca de su casa, para ir a pescar. La gente de la zona, ve a Fermín como un bicho extraño. Lo que no saben es, el por qué se comporta así. Ni se lo imaginan. Una de aquellas noches en las que Fermín está dentro de su humilde hogar. Ni tan siquiera recuerda cuando vivía mucho más decente. Acaba de cenar unas sardinas en aceite y un trozo de pan. Tiene mucho sueño, demasiado. Lo achaca a que es producto de una semana en la que apenas ha conseguido conciliar el sueño. Se mete en su pequeño camastro y consigue dormir. Una pesadilla hace que se sobresalte. No puede moverse de la cama. Está atado con cuerdas de pies y manos. – ¡Socorro!- Exclama, pero nadie parece escucharle, o se niegan a echarle una mano. Demasiado extraño cómo para meterse incluso, dentro de su casa. Se lo ha ganado a pulso. Un fuerte olor a quemado, viene de la zona de la cocina. Rápidamente, el incendio se termina por propagar por toda la casa. Cuando los vecinos reaccionan de verdad. Es demasiado tarde. De los hijos del señor Hugo. No queda nadie. Hay en todo esto, un detalle que nadie se ha parado a tener en cuenta. El señor Hugo, era un tipo bastante oscuro  y miserable, y como tal. No se fiaba ni de sus hijos. Sabía que el collar que le regaló a su mujer, era un bien preciado, y al igual que los faraones, quería ser enterrado con él. – No me fio ni de mis hijos. Si pasa algo, quiero que tu me defiendas. Yo me encargaré de tomar cartas en el asunto – Esto es lo que le dijo el señor Hugo a Pío. El responsable de la muerte de sus tres hijos. El señor Hugo, tenía la intuición de que terminarías por ir a por él. Así que, en caso de que fuese a pasar eso. Quería llevar a cabo su venganza. Aunque fuese ya, desde el otro lado.

Cosas del señor Hugo.


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