fbpx

«Viola mi cordura – Parte uno | Por Alan Oms

«Viola mi cordura – Parte uno | Por Alan Oms

Prólogo

Tengo la sensación de que alguien me hace huir; de que alguien se regocija de mis peores momentos; de que alguien necesita verme entre las cuerdas de la razón.

Siento que soy mío, pero a la vez, que pertenezco a ese alguien.

Si es así, seas quién seas —abro los ojos—, ¡déjame en paz!


Comer

Desahucio mi moderada aflicción por ponerle los grilletes al caos del plato que, caliente, me llena la barriga de mariposas hiperactivas. Cojo lo que, junto al tridente enano de comer, son las raspas de una sardina bañada en plata y las suicido en la encharcada sopa de frágil templanza. Trazo un plan circular con mi utensilio para arremolinar su tranquilidad maquiavélica; para desarticular su sutil venganza.

Sé que, si no remuevo antes la sopa, moriré envenenado por la premeditación de quien la haya elaborado expresamente para mí. Sé que su precoz alevosía ha insistido en que el tormentoso caldo se disfrazara de líquido inofensivo.

—No me engañaréis, Voces.

Voces. Así llamo a los constantes susurros que me acechan. No las veo, obviamente, pero percibo sus quehaceres en mi cabeza. Y sé que quieren borrarme.

Tras neutralizar a sorbos el veneno del plato, de la nevera resuenan sus tripas metálicas, y del desencajar de la melosidad de sus labios, su aliento me saluda. Aunque soy tan frío que su gélido hedor es la fundición del acero inoxidable y cuadrante protector, cual talismán, de mis huesos.

De su garganta extraigo las cerezas, ellas recostadas junto a medio limón milenario. Son preciosas. Enormes, rojizas y seductoras, pero están picadas, o eso quieren que piense. Seguramente sea una táctica de distracción y en esos agujeros se halle la solución mortal que las Voces quieren darme.

—¡Malditas hijas de puta, no caeré en vuestro fraude! No mientras sea consciente de vuestra presencia persecutoria.

No pienso morir, no al menos con trampas baratas. Lanzo el plato contra el suelo y esparzo por toda baldosa cautiva, una colérica mezcla entre cerámica pulverizada y canicas masticables. Me arrullo entre las paredes acuclillado en el cantón más solidario de la cocina, siendo ella clarividente de mis dislates y siendo yo un marginado esquinero de sus abrazos. Tambaleo los tumultos de mis gemelos dando palmas con las rodillas mientras me doy capirotazos en el cartílago de las orejas, para que como raquítico mental, la insaciable disnea deje de asfixiarme.

Me arranco con las yemas de los dedos los miles de sanguijuelas anoréxicas teñidas de azabache, decapitando sus cabezas incrustadas en mis regazos (Odio verlas ahí escondidas. Me suelo rasurar para no ver siquiera sus pies salir de mis músculos). Y maníaco rasco de mis brazos cualquier mota de polvo que a forma de garrapata se aferre a la vida, porque odio imaginar estar envuelto en algo corpóreo e invisible. Me hace sentir como un pedazo de mierda andante dentro de un ataúd oscuro y clausurado. Prefiero un hermetismo desnudo con buenas vistas, del que pueda coger todo el oxígeno que me plazca y después lanzarlo a cualquier lugar lo suficientemente lejos de mí, para no tropezarme nunca más; me complace abandonar cada suspiro para siempre, y retenerlo a su libre albedrío, para que vuelva a ser ese parásito abstemio y febril que necesita de nosotros, su eterna droga, para viajar.

Me levanto del suelo con la insana intuición de que un acto divino me ha envenenado, así que, cabizbajo, de cara a la pica, obligo a mis pequeños siervos Índice y Corazón a que opriman, como dos matones, mi campanilla. Vomito para hacerme inmortal, me limpio con una servilleta y la guardo en el bolsillo trasero izquierdo de mi pantalón, pues creo recordar que alguien casi real me dijo una vez que hacerlo daba buena suerte; que daba felicidad.

Cruzar

Tras mi macabra odisea, cuento hasta siete y medio miedo, y relleno la aceitera mental del sudor grasoso que gotea el cabello del Cerbero postrado frente al portón de la soledad.

—Guardián de fracturas, déjame entrar.

Me pide la contraseña, y yo, sin escrúpulos le doy lo que más desea: Una mueca de sonrisa hipócrita y un trozo de carne, para que las tres mandíbulas se olviden de mí, y peleen como idiotas en vez de compartirla.

Aparto amablemente al carozo peludo y del portón giro su pomo en forma de cerebro. Lo retuerzo a palabras enrevesadas, hasta girar sus pensamientos; hasta oír el clic que deja paso a un espectro anestesiado por la falta de medicación, que hace que la Ene de Norte no se reblandezca hasta ser un gusano larguirucho que serpentea cuál víbora en la brújula de la razón.

Ese espectro caminante soy yo, y disfruto siéndolo; o más bien, simplemente disfruto no siendo lo contrario.

Al entrar en la cubitera de la serenidad, la flota de mis suspiros trepa reposando sus tentáculos de vaho en el falso techo del que cuelga amarrada la luciérnaga de cristal carente de oscuridad. Bajo ella y su haz de luz, arrellenada y pidiéndole clemencia al absurdo aburrimiento, se encuentra una viola sobre su trono aterciopelado que éste, a cuatro patas, se somete acollado al suelo.

Cordura. Mi viola se llama Cordura.


¿Te gustaría conocer las apasionantes historias de escritores modestos, pero no por ello menos buenos?

Únete a nuestro canal de Telegram (es gratis) para ayudarnos a darles voz a esos escritores que necesitan un empujón. Sus vivencias e historias para publicar sus libros, su pelea para hacerse un hueco y su mensaje es igual o mejor que el de cualquier top ventas. Únete a nuestro canal para descubrirlos y apoyarles.

https://t.me/elescritor_es

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *