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«Viola mi cordura – Parte dos | Por Alan Oms

«Viola mi cordura – Parte dos | Por Alan Oms

Tocar

Me acerco y la cojo del cuello, ansioso y valiente, casi marcando mis dedos queriendo ellos acompañarla a su posible defunción. Pero es cogerla, es olerla, es sentirla… Y la ira, la psicosis y las contracturas de mi espalda, y todo lo que las Voces maníacas me provocan, se desvanece por el arte de la droga artística.

Escondo mis labios en defensa propia, ya que los suelo ocultar cuando sello, introvertido, mi estado de ánimo. Y le muestro, en cambio, hasta la última arruga de mi ombligo. Para ser un igual; para demostrar que nuestra complicada complicidad es únicamente sexual.

Nos gusta el placer que nos damos, pero después, como en cada devaneo nos olvidamos el uno del otro.

De alarmantes contoneos se mantiene su trasero en mi cuello, y de elegantes gemidos pierde la vergüenza, sacudiendo lentamente su lomo de fiera indomable cuando la froto con el arco juguetón que la lame, una y otra vez, por su sensible dentadura cableada, al tratar de trastearla.

Las cerdas del arco se mantienen tenaces en su trabajo de extasiar los temblores de su caparazón. Ellas esparcen el polvo de la resina por cada vez que la hace gritar, y ésta, mancha hasta la última pieza que hace histórica la perfección de un cuerpo capaz de rebasar el límite de la vesania, hasta hacerla real. Pero poseyéndola a su antojo sin que enloquezca, como si de sexo tántrico se tratara.

En nuestro continuo flirteo chasquea sonidos prudentes, pues su énfasis pide a leguas hacerse valorar. Y a poco más que dejarse afinar sus agudos susurros, le pide al encerado de mi nueva extremidad que le baile un tango ejemplar del insomnio, dándole el repetitivo movimiento que hace que la garganta ensalive más; que hace que se estremezca hasta la última de sus astillas barnizadas entre barricadas de fantasmales esbozos de maquillaje radiante; que hace que revienten a espasmos melódicos sus costillas de madera; que hace que yo, por ella, delire sobre el delirio, de amor.

De ese amor que acaba con los principios pero que decide quedarse y existir, ahorcando los hábitos, hasta el final.

Ella es la jefa; ella hace camino y manda caminar. Acorde a sus trastes, le hago caso y arpegio su cadencia. Como recompensa saca a relucir sus asalvajadas uñas sonoras de empatía animal erizándome el orgullo por serle útil cada vez que reclama mi tozuda y obsesa creatividad. Muestra sus recatadas notas, al ritmo que las esquirlas apasionadas de mis venas sobreactúan venciendo al vejestorio que llevo dentro, para robarle unos cuantos años más, y convertirme en un adolescente en su primer polvo perfecto. Y como tal, tras el estallido final en su sonido más culminante, hace de mí un semental de la improvisación, donde las feromonas destrozan hasta la más sentida depresión, para llevarme violentamente a ese cigarrillo que pondrá punto y final a la canción perfecta.

Pensar

Me apolillo frente a la viola, acodado en una pequeña mesa, y enciendo ese cilindro de tabaco que hace que la primera calada, casi más viciosa que yo, me fume atrevida, ella antes a mí. Exhalo toda la adrenalina amontonada de entre tanto suceso onírico, y cansado de los acelerones del puño palpitante de sangre que guardo en mis adentros, le pregunto a Cordura, tras tantas palabras juntos, si se quiere casar conmigo.

Ella risueña, con sus trastes rojizos, enseñando sudorosa media tabla de armonía sobre su impactante escotadura y luciendo su cordal, me responde con su voluta fija en mis ojos y la mentonera aireándose, con una nota musical de la que solo conocemos los dos.

Lo que más me sorprende no es que me conteste, sino que me mire y sonría, feliz por ser de la ficción mi mentira más romántica; por ser la realidad que más me gusta.

Ella… Ella es mi franqueza, y su casi totalidad menguante es el pedazo que me falta para ser, más bien, el trazo que completa la constante de su plenitud.

Estar en paz me aplaca, y eso hace que mi ira descanse.

Mis párpados queriéndose recostar aflojan la frente, y las pestañas juegan a saltar sobre mis ojeras, cerrando a martillazos la persiana de mis pupilas. Doy las buenas noches a las últimas ascuas que crepitan de mi chimenea y apago el cigarro, dibujando una cripta afrodisíaca de humo al presionarlo contra el espesor del ambiente.

Estar en paz me aplaca, y eso hace que mi ira piense.

—¿Voces? Acercaos. ¿Puedo deciros algo? Empiezo a comprender. A comprender que en ningún momento quisisteis asesinarme. Que, por lo contrario, vuestra persecución ha sido un trecho del trato creativo para ayudarme a sobrevivir. Mi psicosis forma parte de un colectivo de sentimientos, en el que, si yo sonrío, dejo de existir en su multitud.

Empiezo a comprender que enamorarme forma parte de mi suicidio pasivo, pues en mi inmortalidad, el único veneno capaz de matarme siempre ha sido la cordura, mi amor platónico letal…

«Pues sus caricias me destronan,
sus abrazos me arrodillan
y sus besos me entierran».

—¿Voces, me oís? Ahora que pienso en calma y deduzco la situación en la que me encuentro, todo me aterra. Me aterra perderos; me aterra que no intoxiquéis mi comida ni que pongáis a un perro guardián de tres cabezas frente a la puerta de mi habitación; me aterra haber perdido la pérdida de control y me aterra dejar de ser quien soy; me aterra no saber ya qué me aterra; me aterra no recordar por qué os hablo…

—Voces, ¿por qué os llamo Voces? No sé quiénes sois… Pero me caéis bien.

—Voces, ¿qué hacéis aquí? Tengo sueño.

—Voces, dejadme ir.

Ante mis últimos suspiros y en silencio, cojo la servilleta que tenía escondida y la miro con ternura. Está húmeda, amarillenta y huele a vómito. La guardo en el bolsillo izquierdo trasero de mi pantalón, pues creo recordar que alguien casi real me dijo una vez que hacerlo daba buena suerte; que daba felicidad.

Suerte la mía pues, de estar muriendo por ser feliz.

Epílogo

Tengo la sensación de ser parte de la mente de alguien que escribe. Si es así, Escritor —Cierro los ojos—, acaba este relato… pues estoy en el mejor punto de mi vida.

Gracias.

Firmado: La demencia del autor.


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