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«Tradiciones» | Por Jaime Jimeno Gacía

«Tradiciones» | Por Jaime Jimeno Gacía

Una de las características más destacadas del ser humano es su capacidad para crear. Ya lo hacían los neandertales desarrollando herramientas de piedra antes de la llegada del homo sapiens, que a su vez culminaría la evolución con el fuego y la rueda. Desde entonces la cosa ha sido un no parar: la pólvora, la imprenta, la máquina de vapor, la bombilla, la penicilina, la televisión, las suscripciones mensuales a las editoriales de artículos de colección… en fin, como iba diciendo, lo que viene a ser la capacidad inventiva definitiva.

Sin embargo, entre todas las creaciones que emanan de la mente humana destacan un conjunto de eventos y acciones cuya popularidad y recorrido histórico han convertido en tradiciones. En este saco incluimos el despeñar quesos colina abajo, inventar ídolos y deidades ficticias o mutilar a las jóvenes de la tribu. En muchas zonas del mundo se han ido perdiendo algunas costumbres que hoy en día nos escandalizarían – o no, todo depende de lo enferma que se halle la mente del que asista a esos actos – tales como la trata de blancas, la esclavitud o considerar que el color de la piel nos permita considerar inferiores a otros seres humanos. La desgracia reside en que no se han erradicado en todo el planeta.

Y entre esos hábitos centenarios están los espectáculos con animales. Se nos puede venir a la cabeza las luchas de gladiadores contra leones en los circos y coliseos romanos. Sin embargo, tenemos mucho más cerca la lucha entre iguales que implica a los sanguinarios y despiadados bovinos, conocidos en el argot como toros de lidia, y esos personajes fascinantes pertenecientes al mundo de la cultura, a los que se bautiza como toreros. Y claro, de esa mezcla solo puede salir una cosa: arte. Es evidente que los versos de Machado o Lorca, los trazos de Picasso o Rembrandt y las melodías de Mozart o McCartney jamás podrán compararse a la belleza del estoque final que el héroe, enfundado en un traje dorado, propina a la bestia acentuando su sufrimiento durante segundos o incluso minutos para que después descanse en paz. Bueno, eso en los mejores casos, a veces nuestro artista no tiene el día inspirado y tiene que pinchar varias veces, e incluso recurrir a la puntilla porque el endemoniado animal se agarra a la vida. Una vez que claudica, la ovación del ¿respetable? – disculpen las interrogaciones, resulta complicado aguantar la rabia que estoy sintiendo mientras escribo estas líneas – ensordece la plaza y reafirma a nuestro héroe de masas, confirmándolo como el artista del momento. Ha ganado el combate a muerte, después de torturar durante más de quince minutos a un animal desorientado que solo anhelaba regresar a la dehesa en la que plácidamente pastaba. Es cierto que la descripción de la ¿fiesta? – ¿en serio lo llaman así? – puede resultar un tanto brusca pero no hay que olvidar que gracias a que se mata a los toros en la plaza se preserva la especie de la extinción a la que sin duda estaría condenada, o eso al menos se defiende desde la Oficina de Asuntos Taurinos –no es un chiste, dicha oficina existe–.

Y como en toda rama del arte, hay artistas de primera y artistas amateur. A estos últimos parece que les gusta participar en lo que llaman encierros. Al pedir la cuenta de este verano parece que son varios los fallecidos. En fin, quizá el ser humano haya sido capaz de enviar sondas más allá del Sistema Solar, pero aún le cuesta comprender el poco sentido que tiene utilizar animales drogados para divertirse mientras se les maltrata.

Para acabar, me viene a la cabeza la pregunta que un ciudadano inglés me lanzó este verano mientras compartíamos barra – ¿te gustan los toros?–  La respuesta me salió del corazón –Por supuesto, me encantan los toros…vivos–. Después ambos cumplimos con la tradición de vaciar nuestras copas y pedir otra ronda.

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