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Soy Creyente | Por Lau Alabau

Soy Creyente | Por Lau Alabau

Nunca me he considerado creyente. Tengo una dicotomía feroz en cuanto a las creencias religiosas. Mi parte más reivindicativa y de clase, me dice que las religiones no son sino otra herramienta de control para decirnos hacia donde debemos ir y como debemos ser.

Las barbaridades que se han cometido en nombre de Dios, sea el que sea, son incontables y no cabe contarlas aquí. Sin embargo, hay días en los que viajo al otro extremo.

Mi abuelo, que sigue siendo mi persona favorita del mundo, era creyente. Decía que el señor tenía un bastón con el que impartía justicia. Lo dibujo en mi mente y aunque justicia y mundo actual me parece una antítesis, le respeto. Respeto profundamente a la gente creyente y cuando pierdo a un ser querido, los envidio; ellxs tienen a quien rendir cuentas, a quien acogerse y yo, no.

Cuando mi abuelo llevaba ya cinco años fallecido, en 2019 fui con mis grandes amigas de viaje a Dublín y en la Catedral de San Patrick, me sentí más cerca de él que en cualquier otro sitio.

Tan grande y explícita fue esa energía que escribí un deseo a un árbol que estaba dentro de la catedral. Pedí que mis amigas me amaran siempre así y que no se fueran nunca de mi vida.

Desde ese momento, en mi poesía, hubo un cambio. Empecé a utilizar mucho la mitología y no sé si será por mi ramalazo de humanista postmoderno, pero me transporté a mi juventud donde ya me fascinaba.  

La capacidad que tenían las culturas antiguas para explicar los sucesos y los destinos de sus vidas me parece algo extraordinario.

De todas las asignaciones construidas por esas culturas, las que se refieren a los elementos esenciales son las que más me llaman la atención y en estos últimos días estoy trabajando en una nueva creación de versos que me está quitando el sueño.

A mis cuatro ejes neurálgicos, las estoy homenajeando a través de los elementos y en este instante el pecho me pide explicarlo aquí.

Diana (que es mi amiga y no la diosa de la caza) es mi primer elemento; el fuego. Ella sabe cuándo me debe apretar y cuando no. Sostiene y gestiona mis momentos ardientes como nadie. Es mi llamarada más hermosa, mi chispa única e irrepetible. El fuego, el elemento que cambió la historia de la humanidad y ella, el elemento que cambió mi vida para siempre.

Lourdes. Ella es mi aire. Puede que a días sea volátil y disperso, pero el aire es supervivencia. Es ese golpe de viento cuando cae la tarde en plena canícula donde das las gracias al universo. Es el respirar, después de hacer deporte, ese bocado de oxígeno al terminar de contar algo que te perturbaba. Un suspiro de amor que te da la vida, y uno de desamor, que crees que te la quita. Sin aire no podemos sobrevivir y yo sin ella, tampoco.

Mi parte tierra, Mireia. Mi serenidad absoluta, mi pausa, mi calma desinteresada. Es mi racionalidad inaugural. Nunca pierde la cabeza, tiene los pies pegados como dos raíces. Cuando la veo, conecto con mi casa, con mi hogar. Ella es el olor placentero y concreto de la tierra mojada. Los zapatos cubiertos de fango después de una noche épica, mi paz inaugural.

El agua que tiene dos caras, la intensa y la serena. Txell, mi bálsamo y mi torbellino. La danza tribal pidiendo lluvia, ese baño estival que te quita todos los males. La mar, que araña las rocas sabiendo que perderá y aun así sigue, imparable y convencida.  Y la sequía; cuando ella no está siento morir de sed. Es una ausencia que no se llena con nada.

Ellas son mis diosas, mi suerte y mi dogma, y son ellas a la única autoridad supra natural a la que sirvo convencido. Sí, soy creyente.  


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