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Sólo: ¿Por qué quieren robarme mi tilde? | Por Joaquín Pereira

Sólo: ¿Por qué quieren robarme mi tilde? | Por Joaquín Pereira

Cuando alguien se siente solo, no acentúa con tilde la palabra. Pero antes del 2010, si quería decir que sólo se sentía así los domingos -porque a su lado estaba la pareja que no le hablaba-, usaba la tilde para ahorrarse la extensión de escribir solamente –pues quería enviar rápido un mensaje de texto a su amante.  

En ese año, veintidós Academias de la Lengua –noten las mayúsculas, noten la importancia que le damos a esas academias- acordaron -en una especie de cónclave efectuado en Guadalajara (México)- quitarle la tilde a sólo.

Su fumata blanca –las negritas son una ironía- decía lo siguiente:

«El empleo tradicional de la tilde en el adverbio solo no cumple el requisito fundamental que justifica el uso de la tilde diacrítica, que es el de oponer palabras tónicas a palabras átonas. Por eso, a partir de ahora se podrá prescindir de la tilde en esta forma incluso en casos de ambigüedad. La recomendación general es, pues, la de no tildar nunca estas palabras».

El subrayado es mío.

De un plumazo cambiaron una regla que por décadas era una obligación y que en las escuelas nos la hicieron creer a pie juntillas, usando incluso para ello un reglazo -porque “la letra con sangre entra”.

Pero noten el ligero detalle de “se podrá prescindir” –pues, ¡ups!, recórcholis-. Es decir, la nueva regla es opcional. En palabras de a centavo: que hagamos lo que nos dé la gana, que hagamos lo que nos salga del… Es como cuando –en esta nueva normalidad post pandémica- los expertos nos dicen que “usar mascarilla es opcional”, pero tu vecino te ve mal cuando no la usas cuando entras al ascensor.

No digo que no tengamos un conjunto mínimo de reglas “de convivencia lingüística”, para que nos podamos entender con fluidez y cordura. Tampoco cuestiono la solvencia intelectual de las academias que investigan y generan consensos en torno al lenguaje –válgame Dios la osadía-. Sólo –noten mi tilde- aprovecho la anécdota para que por unos segundos despertemos y nos hagamos la siguiente pregunta: ¿Por qué hacemos lo que hacemos como lo hacemos?

La respuesta: Alguien –iglesia, academia, experto, dios- decidió que las cosas se hacen de determinada manera, y a partir de ese momento, como ovejas blancas –las negritas son una ironía-, debemos seguir sus reglas –so pena de castigo u exclusión social- sin cuestionarlas.

Esta vez no se atrevieron a prohibirlo expresamente –ya no se usa la inquisición frontal-; sabían que nuestras manos -aún con las marcas de los reglazos- se levantarían indignadas reclamando una indemnización: ¿Cuántas notas en rojo nos pusieron en la escuela por no acentuar con tilde sólo, porque solamente no queríamos hacerlo? ¿Cómo resarcir el daño psicológico causado, que nos hizo creernos tontos del culo y cortó los primeros brotes de nuestro deseo de ser escritores cuando apenas estaba germinando?

Un cónclave de expertos cambió las reglas del juego y no pidió perdón por los daños que el sistema educativo -fiel al dogma- causó, por sus castigos, por sus reglazos,…

Ahora un grupo de escritores, como ovejas negras –no usar negritas también puede ser una ironía-, hemos decidido seguir “tildando” sólo, no solamente porque sea opcional –sin mascarilla, con mascarilla.

No es que seamos anticuados o vintage; retrógrados o negacionistas. Usamos la tilde porque es nuestra y no propiedad de ninguna academia. Usamos la tilde como escudo y como espada ante cualquier dragón que pretenda amedrentarnos –“En esta editorial seguimos el nuevo canon; si sigue acentuando sólo no le publicaremos ni que sea el nuevo Saramago. Ah, recuerde ponerse la mascarilla en nuestras oficinas”-. Usamos la tilde de sólo como los homosexuales se apropiaron de la palabra maricón: protesta, reivindicación, orgullo.

Desde hace unos años, un grupo variopinto de personas han decidido usar SU lenguaje de forma inclusiva: Nosotras, nosotros, nosotres. Son tildados de ovejes negres –sin negrites-. Son tachados de ignorantes o de feminazis. Son los nuevos tontos del culo. Hasta que, dentro de algunas décadas, otro cónclave de expertos –nuevamente en Guadalajara (México), si el cambio climático lo permite- decidirá que el lenguaje inclusivo es opcional.

Algunos pueden señalar lo que afirmó Ángel Rosenblat, lingüista y ensayista venezolano -nacido en Polonia en 1902, aunque decidió ser de Venezuela desde los años cuarenta:

“El futuro lejano ¿puede predecirse? Hasta hace poco predominaban las utopías beatíficas (el año 2000 como retorno a la edad de oro). Hoy prevalecen las visiones de pesadilla (Huxley, Orwell, etc.). ¿Está acaso asegurada la supervivencia del hombre o de nuestro planeta? Tampoco está asegurado, para ninguno de nosotros, el minuto próximo. Pero la vida del hombre se sustenta en la fe del mañana, y gracias a ella trabaja y sueña. El ansia humana de inmortalidad se proyecta también sobre la lengua, que anhelamos ver siempre engrandecida y eterna. Cada generación es responsable de la vida de su  lengua. ¿No es ella el legado más precioso de los siglos y la gran empresa que nos puede unir a todos?”.

Yo seguiré blandiendo la tilde de sólo, pese a sentirme solo por ello. Y no porque sea opcional, sino solamente porque esa tilde es mía.

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