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«Querida ansiedad» | Por Alan Oms

«Querida ansiedad» | Por Alan Oms

“Tú, que una vez burlaste mi tranquilidad.

Tú, que sin mero aviso entraste en mi vida.
Tú, que descolocaste hasta el último músculo
de mi cuerpo; de mi alma.
Tú te has convertido en parte de mí,
y al comprenderte, ahora te quiero
.

Te llamaré… Pequeña”.

Pequeña, ¡qué atrevida eres! No sacudes el picaporte per se, sabes cuando hacerlo. No rompes filas con tu ejército de taquicardias y acometes en el corazón de cualquiera. No detona tu sonrisa maquiavélica a la persona más radiante. Más bien asistes, como doctora interna, a dar el aviso. El aviso de que paremos. De que algo quiere explotar. De que nuestra cabeza está haciendo una maratón, y de que, para llegar a la meta, a veces, hay que hacer una pausa. Eres, algo así, como la mano que nos desacelera cuando somos pequeños. Y, aunque estemos crecidos, si se nos enseña por la fuerza, nos empequeñece y nos sienta humanamente mal. Nos paras en seco, como el agarro de una madre a un niño haciendo una trastada; como esa colleja cuando no hemos hecho lo correcto.  Nos molesta cuando nos frenas en seco, y aunque no te entendamos, actúas por salvarnos la vida.

Gracias.
¿Gracias?
Sí, gracias.

Caminamos por un mundo apresurado donde tenemos la necesidad de llenar hasta rebosar las parcelas de nuestra cabeza.  A su vez, la vida nos da noticias que alteran nuestra rutina y paralizan nuestra resistencia. Y entonces…

¡Toc, toc!

Llega a nuestro cuerpo rebosante de inmortalidad un halo espectral que tulle nuestro bienestar, entumece los pensamientos más positivos y bloquea toda objeción aprendida para debatirle al subconsciente. Llega ese estado cual ictus imaginario que nos hace infames a nosotros mismos; que destrona todo esfuerzo y sabiduría para dejarlos, de nuevo, en un amasijo visceral de interrogantes recién nacidos. Y solo para nosotros; para nosotros y nuestra nueva demencia solitaria.

Qué cabrona, Pequeña,
cuando llegas por primera vez.

Tras vivir ciertos acontecimientos de mi vida, como muchos otros, quise enterrar los límites de hasta dónde puede llegar un ser humano. Y por ello un día llegaste. No te esperaba. De hecho, estaba seguro de que podría atravesar cualquier situación después de haber superado unas cuantas un tanto peculiares. Pues uno, cuando es un crío cree ser inmortal, pero cuando pasa el tiempo, les teme a más cosas.

Y pasó el tiempo,
y ya no era tan joven
como para saberlo todo.

Empecé a tener vértigos, de esos que hacen que una calle plana se convierta en una montaña. De los que la gravedad hace que el suelo se acerque desdibujado a tus ojos. De esos en que la multitud de gente se convierte en una sola masa de ruido incomprensible obligándote a dejar de prestar atención a tu alrededor haciéndote muchas preguntas.

¿Qué pasa?
¿Estoy recibiendo
una sobredosis de oxígeno tóxico?
¿Acaso estoy loco?
¿Creer estar loco me hace estarlo menos?
Llevo un minuto así y parece un día;
llevo un mes y parece una eternidad.
¿Cuándo parará?
¿Parará?
Nunca termina…
¿Voy a quedarme así para siempre?

La espalda era una constante cascada victoriosa de lava sudorosa que engarrotaba como cemento los hombros. Las palmas de las manos se humedecían in fraganti junto al miedo, y las rodillas se paralizaban despertando a gritos la sensación de querer salir huyendo estando clavado, de golpe, en un mundo que fue conocido y en ese momento ya era extraño de nuevo.

Pero, ¿Huir?
¿De dónde?
Si soy yo el problema,
¿Cómo puedo huir de mí mismo?

Crees haber enloquecido y por vergüenza callas, como si estuvieses haciendo algo mal, y el tiempo pasa. Y junto a éste te enrareces, se te hace el habla introvertida y mientras secas lágrimas esquineras por incomprensión, se distorsiona la percepción de la realidad cada vez más. Hasta tal punto que te cuestionas todo. TODO. Incluso a ti mismo. Como en ese largo desayuno justo después de levantarte; como en ese trance mañanero en el que entrecruzas el sueño y la verdad en una crisis existencial de apenas unos minutos… Pero estando sereno y sin legañas. Y eso, si no lo entiendes… Asusta.

Sí Pequeña, asustas.

Recuerdo mirarme al espejo, fijamente y durante tanto rato, que olvidaba que era yo mismo el de ahí reflejado, dejando de reconocerme, y poniendo en duda quién era ese de ahí enfrente. ¿Despersonalización? Era como cuando dices muchas veces la misma palabra y te suena rara, como mal dicha, pero con tu propia persona. Era enfermizo.

Salir a la calle junto a la multitud se hacía un mundo, pero quería disimular, avergonzado, mi locura. Cuando iba a cenar con mis amigos, de golpe, se me ponía el cuerpo de cartón y me quedaba en silencio, sumido nuevamente en mis aposentos mentales. Ellos no veían qué me pasaba, pero yo creía que sí, y eso creaba un bucle de locura retorcida y obsesiva que lograba que volviese a debatir mil veces mi propio caos interior.

Mientras dejaba de prestar a los que realmente me cuidaban, maníaco me aferré a señales que mi mente se inventaba creyendo que quizá un acto divino o fantasmal me haría de brújula para que todo estuviese bien si las seguía. La numerología funcionó muchas veces de vía de escape. Me absorbía de tal forma que si tenía un veintitrés delante (Y si no, lo construía) sabía que tenía que dirigirme hacía allí, y si aparecía un veinticuatro, ese camino ya estaba bien cerrado.

¡Maldita mente ensortijada e involuntaria!
¿Cómo podía estar así? Si, ciego de mí,
tenía todo cuanto necesitaba a mi alrededor.

En todo caso, recuerdo toda aquella temporada como una vida vivida por otro. Como si fueran recuerdos de otra persona. Fue una etapa llena de interrogantes cuestionables, pero la recuerdo con cierta melancolía. Supongo que todavía llevo un trozo de mí, aunque enterrado, loco y adicto al Síndrome de Estocolmo por mi secuestradora llamada Ansiedad y todas sus secuaces repletas de monomanías.

Sí, pequeña. Me refiero a ti. Pero ahora… Te veo con otros ojos. Quizá ojos más viejos y cansados. Quizá, aunque suene románticamente perturbador, sigo enganchado a ti, pero con amor.
Eres mi excusa, mi doctora personal y mi mentora.

De tus tortazos me protegí en el piano, me desgarré en la guitarra y vomité en mil hojas en blanco. Me balanceé en el péndulo de la fantasía, el ingenio y la sonrisa fingida. Comprendí que dejé de entender y volví a crecer, una vez más, de cero. Crecí en la creatividad, recogiendo las migas de felicidad de una forma más fuerte, adulta y sincera. Me hiciste más fuerte que nunca y logré valorar cada trozo de sonrisa de una forma verídica y eviterna.

Ahora, tras conocerte mejor, te veo como una amiga necesaria para coexistir en un mundo de locos. Cierto es que todavía me planteo si soy el cuerdo de esta historia, siendo un protagonista más encerrado en una cárcel mental de uno solo. Y me temo que jamás lo sabré a ciencia cierta, pero me siento cómodo y en paz conviviendo contigo; conmigo.

Aunque asustaras al principio y me llevara veintitrés vidas entenderte, al saber por qué viniste empecé a calmarme, a continuar una etapa nueva a partir del número veinticuatro y a valorar las cosas de otra forma. Ahora sé que ni tú ganas, ni lo hago yo. Más bien los dos o ninguno. No necesito números ni señales para continuar; ahora requiero solamente de tus avisos para tomarme un respiro.
Cuando llegas te ofrezco la mano primero y te escucho. Y aunque duelas, porque siempre dueles, sé que vienes para ayudarme.

Mientras escribo esto tengo sudores fríos, vértigos y las manos bailando solas; mientras escribo te recuerdo como si estuvieses ahí. Te recuerdo porque estás ahí. Hola vieja amiga,
tienes hoy… Una bonita sonrisa.


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