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Morriña | Por Maikel Núñez Álvarez

Morriña | Por Maikel Núñez Álvarez

No sé si por todas estas cosas de la pandemia que nos tiene a todos locos de la cabeza desde hace casi dos años, por la maldita rutina que nos tiene atrapados día tras día o bien porque ya me estoy empezando a hacer mayor, hoy, al llegar a casa después del trabajo, me he puesto a imaginar en ese viaje que tanto deseo hacer.

Y reconozco que me han venido muchas imágenes a la cabeza. Sitios paradisíacos, lugares soñados, ciudades cosmopolitas que siempre he querido visitar. Imágenes espectaculares que se suceden una detrás de otra en la mente y que te transportan momentáneamente a ese sitio que tienes tantas ganas de conocer.

La Gran Vía de Madrid, repleta de vida. La estatua de la Libertad, en Nueva York, vigilante de la bahía de Manhattan desde hace tanto tiempo. Una playa solitaria de arena blanca en las Islas Seychelles. El mirador de San Nicolás, testigo de la bellísima Alhambra de Granada. Una remota estación de tren donde completar el Inter Raíl. Una fotografía sin filtro en la campiña francesa. La pasarela de un crucero que surca el Mar Mediterráneo, con vistas al Casino de Monte Carlo ¿Con cuál te quedarías?

Pues la imagen que siempre se me queda grabada, tatuada a fuego en la memoria es la de las laderas verdes de Galicia. Sí. Una pequeña aldea en las laderas de las montañas orensanas. Una gran casa de piedra en el centro de Terras de Trives. Qué curioso que con lo grande que es el mundo y la cantidad de destinos turísticos que podemos visitar, el inconsciente nos juega una mala pasada y te vuelve a indicar el sitio donde siempre fuimos felices.

Y confieso que me he dejado llevar. He recordado las callejuelas de la aldea, su plazuela donde jugábamos de pequeños, la casa de los abuelos. Y cómo no a los abuelos, a los tíos, a los primos, a papá… (cuánto te echo de menos…)

Y me han entrado unas ganas tremendas de viajar. A donde siempre fuimos bienvenidos, a donde crecimos, a donde compartimos los mejores momentos, a donde regresamos todos los veranos, a donde aprendimos tantas otras cosas que no se pueden inmortalizar en fotografías.  ¡Bendito pueblo!

No sé si será que me hago mayor o que empiezo a valorar mucho más otras cosas. Pero mira que tengo viajes por hacer y sitios por visitar, pero siempre acabo queriendo volver a ese pequeño lugar. Mi lugar en el mundo. Mi sitio. Mi paraíso. No sé cómo lo llamarás tú. Seguramente tendrías mil maneras de llamarlo. A mí, que tengo raza gallega, solo me sale llamarlo morriña.

Y créeme, sé que viajar es una de las experiencias más emocionantes de la vida, pero te recomiendo que ojalá alguna vez, pudieras experimentar esa sensación.

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