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«Inflación» | Por Jaime Jimeno

«Inflación» | Por Jaime Jimeno

Resulta evidente que corren tiempos convulsos. Una de las causas de ese revuelo se debe al alza de los precios. En apenas unos meses hemos visto dispararse la cesta de la compra. Da igual que se trate de productos frescos, combustible, energía o la cervecita del chiringuito. En los corrillos, el comentario general es que todo se ha puesto por las nubes. Y la rumorología popular no va desencaminada.

Revisando cualquier bien susceptible de incrementar su precio, nos topamos con una subida con la que nadie contaba. La de pertenecer a la clase media. Al parecer, según Isabel Díaz Ayuso, ilustre presidenta de la Comunidad de Madrid, y futura gran pensadora, cuyas teorías se estudiarán durante siglos, hay que redefinir los parámetros para incluirnos en una u otra clase socioeconómica. Haremos un breve paréntesis para indicar que la pertenencia a una u otra clase se establecía en función a unos criterios que podían incluir los servicios del barrio en el que se vive, el precio de las viviendas de nuestra calle, los niveles de renta per cápita de nuestros vecinos, el número de cintas de casete de Julio Iglesias que tengamos en el mueble del salón y, como principal indicador, nuestro nivel de renta. Pues bien, para todos aquellos que pagábamos nuestras facturas al día, disponíamos de vehículo propio y podíamos permitirnos disfrutar de un fin de semana de vacaciones al año, nos ha llegado la noticia como un jarro de agua helada. A partir de ahora, para que una persona sea considerada de clase media, deberá ingresar la nada desdeñable cifra de cien mil euros al año. Ya me imagino la decepción de cientos de miles de ciudadanos que hasta hace unas semanas aspiraban a dar el salto y, ahora, observan atónitos como la meta se ha desplazado sin previo aviso. Imagino que la frustración será mayor aún si para solucionar el problema atienden a las palabras del presidente del partido de Díaz Ayuso, en las que planteaba que aquellos que más tienen, lo poseen porque así se lo han ganado con su trabajo. Imagino que los jornaleros que trabajan 16 horas al día, los obreros que sudan encima del andamio en jornadas de más de 8 horas en verano, los camareros que estiran las cuatro horas diarias de sus contratos hasta superar las jornadas de 12 y 14 horas, o los operarios que encadenan un turno tras otro renunciando en muchos casos a cualquier tipo de conciliación, no deben esforzarse lo suficiente.

Para colmo, la definición de la nueva clase media casi eclipsa el fondo del asunto, que no es otro que el de otorgar becas a esas familias humildes cuyos retoños estudian en centros privados. Ayudas públicas para la educación privada que, para poner el broche al esperpento, se otorgan a familias que no las necesitan.

La ciencia determinó que la energía ni se crea, ni se destruye, sino que se transforma. En el caso del dinero ocurre algo similar. Sale de unos bolsillos y entra en otros. Imagino que más de uno se rasgará las vestiduras al pensar en ello. En cualquier caso, si me admiten un consejo, les diré que si pierden el tiempo dándole vueltas a estos asuntos, estarán restando horas de esfuerzo que les catapultarán, sin duda, a la nueva clase media.


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