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Gajes del oficio | Por Bárbara Cruz

Gajes del oficio | Por Bárbara Cruz

Meterse en la mente del asesino, pero sin llegar a parecer que se es uno de verdad.

Ese es el «pequeño» problema al que debe enfrentarse cualquier escritor de thrillers en algún momento de su vida. Más concretamente, cualquier escritor de ese género en ciernes al que no siempre le resulta fácil justificar extraños comportamientos con el tan socorrido «es que estoy investigando para mi próxima novela».  

Y por «extraños comportamientos» cabe de todo. Acercarse más de la cuenta al grupo de Policías Nacionales o de Guardias Civiles que están cumpliendo con su deber (mejor si es con libreta en mano para apuntar cualquier tecnicismo que no sale en las series policiacas). O, por ejemplo, investigar en páginas de internet para ver qué tipos de armas manejan las bandas callejeras o qué droga lo está petando más.

Porque claro, para este tipo de temas pronto descubres que Wikipedia o una búsqueda rápida por Google, por sorprendente que parezca, no va a darte una respuesta igual de rápida. Y que lo más probable es que tengas que navegar por el vasto mundo de internet durante horas y que, de web en web, acabes porque te toca en una que está escrita en ruso pero que tiene MUCHA información valiosa…

Y es entonces cuando llega el momento decisivo: ¿merece la pena dar ese último paso y entrar en la famosa Deep Web? Porque lo más probable es que no pase nada y, teniendo en cuenta que a esas alturas tu historial de cookies ya es bastante sospechoso, pues de perdidos al río. Eso sí, llegados a ese punto también te planteas que, si finalmente lo haces, no debería extrañarte que un día se presentara la policía de verdad en tu casa (o «los otros» si te han tomado por un comprador MUY interesado en su mercancía)… Aunque, pensándolo bien, si ocurre eso ¡nunca tendrás tan a mano información de primerísima calidad!

¿Problema? Que si eso ocurre puede que la razón de «es que estoy escribiendo una novela de asesinatos y mafias» a lo mejor no les hace ni pizca de gracia a los de azul o de verde, pues lo único que he conseguido es que pierdan un valioso tiempo. Y si los que se presentan son «los otros», pues intuyo que les resultaría aún menos gracioso.

Así pues, mucho me temo que no queda más remedio que aceptar la verdad. Y esa es que mi nombre no es Lorenzo Silva ni Dolores Redondo (por poner solo a unos grandes del género), sino Bárbara Cruz. Y eso significa que aún no tengo el renombre suficiente como para que mi DNI y un rápido vistazo a la Wikipedia baste para confirmar que, efectivamente, mi trabajo consiste en escribir sobre asesinatos y en detallar pormenorizadamente cómo piensa un asesino. Una «pequeña» diferencia que ayudaría a solucionar el problema al instante y, además, serviría para que ese incidente se convirtiera en una graciosa anécdota que compartir algún día con mis lectores.

Por el contrario, para los que no tenemos el honor de que alguien haya creado una entrada en Wikipedia sobre nosotros, probablemente ocurriría una de las siguientes opciones. O se presenta la policía y prefiriere corroborar mi versión con una rápida visita a la comisaría, lo que en realidad no es tan malo (esa sí que sería información de primera mano). O que los que aparecen son «los otros» y deciden llevarme a su guarida o base secreta o como demonios la llamen entre ellos. De hecho, en este hipotético caso lo primero que les tendría que preguntar -¡sigue siendo información de primera mano!­- es cómo llaman ellos a su base… Si no me pegan un tiro antes, claro está, lo que sería bastante más factible.

Vistas las posibles opciones, la verdad, creo que lo más sencillo va a ser ir con la verdad por delante.

Así, en lugar de esperar que algún día me toque la lotería en forma de policía o guardia civil llamando a mi puerta, ir yo hacia ellos y, por ejemplo, cuando haya que renovar el DNI o si un día los de la benemérita me pone una multa (aprovechemos el incidente para sacar algo en positivo), soltar al agente de turno, a bocajarro y sin silenciador, algo del estilo: «Verá, es que estoy escribiendo una novela sobre un traficante y necesito sumergirme en ese ambiente para plasmarlo de la manera más real y creíble posible, por lo que ¿le importaría que le siguiera durante unos días para tomar nota? Prometo ser silenciosa y no interferir en su trabajo».

Si soy sincera desde el principio, no tendrían por qué ofenderse. Y en el caso de que mis posibles informantes fueran «los otros», pues tampoco tendrían nada de lo que preocuparse.

Y es que también soy periodista y siempre me debo a mis fuentes, por lo que el secreto profesional estaría más que garantizado ¿verdad?

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