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El pingüino de Nicolai | Por Juan Expósito

El pingüino de Nicolai	| Por Juan Expósito

En plano aparece un pingüino de peluche. Se mueve. Se va abriendo el plano y aparece la mano de Nicolai (pongamos que se llama así). Nicolai es rubio, de flequillo largo, para un lado. Es mofletudo y de manos gorditas. Ha sacado los ojos glaucos de su madre, Ivana. Acaba de cumplir los siete años y aún juega con su peluche. Es febrero y hace un frío de pelarse. Pero él no siente el frío. Piensa que ese pingüino vive gracias al frío de su país. La cámara hace un paneo y se eleva al cielo grisáceo de Ucrania.

***

            Tengo que avisar al lector de que no tengo ni idea de la historia de Ucrania y Rusia. Sé lo justo. Nivel usuario, vamos. Sé que la movida viene de muy atrás, sé que si dividimos Ucrania verticalmente una mitad es prorrusa (que es una palabra con muchas erres) y la otra mitad es orgullosa de ser ucraniana, sé que Crimea es una península estratégica y que el tiomierda de Stalin llevó a sus habitantes a campos de concentración en Siberia a ritmo de música del Tetris y que repobló Crimea con familias muy rubias, muy de ojos azules y muy altos; muy rusos, vamos. Sé poco del tema y pido perdón.

            También tengo que avisar que no intento escribir con rigor histórico, sino como me sale del alma. Como mi yo de 7 años… cuando me preguntaba aquello de ¿por qué existen las guerras? Desde esa ingenuidad escribo. Desde un tipo que, en su barrio de San Isidro, en Carabanchel, no intenta solucionar el mundo sino consolar el rechinar de dientes y la tristeza doliente que me provocan las guerras.

            Hace tiempo, al inicio de la pandemia, decidí cambiar el tiempo de estar muy al tanto de las noticias por ponerme podcasts de historia. Lo hice porque me resultaba insoportable el navajeo en el Congreso. Sin embargo, este mediodía, me puse La Sexta para enterarme un poco del conflicto. Y ahí estaba el Ferreras, conectando, a un ritmo frenético, con expertos en la materia. En estas que da pasó a Miguel Sebastián (experto económico y exministro) que dice que el varapalo económico va a ser cojonudo. Al instante el periodista levanta las palmas de las manos a cámara y rectifica diciendo que, por supuesto, lo importante son las vidas humanas. No vaya a ser que quede por una persona inmoral que no dice que una vida es más importante que el ibex-35; y otra cosa no, pero en La Sexta son muy de la ética y de los dramas sociales. Y después de que el exministro corrobora que sí, que la cosa va a estar muy chunga, Ferreras da paso a otro colaborador… y es todo muy moderno en la tele, oye, con mucha infografía, mucho dato sobreimpresionado y una musiquilla de fondo que parece que va a aparecer, de un momento a otro, el mismísimo Légolas tirando flechas contra unos orcos.  Y uno se imagina a Ferreras a las 9 de la mañana dando gritos en la redacción de La Sexta: Chicos, quiero infografía a saco, con mucha épica todo, que parezca una peli de Fincher; con mucho paneo de cámara y donde la peña se quede con los ojos como platos viendo lo moderno que somos.  Y, vaya si lo consigue que hasta aparece un soldado en 3D girando sobre sí mismo mientras una periodista (porque para esas cosas ponen a mujeres) da datos de bombazos, muertos y número de helicópteros; de esos que matan. Mucho dato. Muy innovador todo. El nuevo periodismo, que dicen.

            Yo nunca he estado en una guerra, pero he leído. No sé de lo duro que es que te caiga una bomba a doscientos metros, pero he visto el cine suficiente. Nunca he sufrido un tiempo de belicismo de cerca, pero escuché a mi abuela Mariana, a mi abuelo Luis y a mi tía abuela Carmina contarme cosas (esa generación que ya hemos perdido y de la que no sacamos suficientes conclusiones porque eran viejos chochos contando batallitas de abuelos; qué pena). No sé lo que se sufre en una guerra, digo, pero tengo la sensibilidad suficiente para ponerle ojos, piel y llanto al que la sufre. Una sensibilidad adquirida o aumentada por querer aprender de los que sí la vivieron. Sé que la guerra es una mierda. Y volvamos al cielo de Ucrania…

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            El cielo grisáceo de ese pueblo de Ucrania se ve con pájaros volando en círculos raros. Se oye un ruido de motores. De sonidos aéreos que presagian una inminencia fea y triste.

            Nicolai mira el cielo… Agarra a su pingüino de la pata… Y un misil ruso cae. A diez metros. A Nicolai, la expansión, le toca el bracito izquierdo, con el que agarra su peluche. Tiene la suficiente intensidad para que el brazo de Nicolai casi se separe de su cuerpo. Su madre, Ivana, lo mira desde la distancia y va corriendo a por su niño. Lo abraza y se da cuenta de que su brazo está negro, quemado… carne muerta. Separa al pingüino y el pequeño Nicolai grita de dolor y de tristeza, ya no porque ya no puede agarrar a su pingüino, sino porque intenta, con sus últimas fuerzas, agarrarse a la vida. El plano se hace más corto hasta llegar a un primerísimo primer plano de los ojos glaucos de Nicolai. En el estertor del niño, la mirada perdida y glauca parece decirle a Ivana, a su madre, que gracias. Gracias por quererme, mamá.

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            Veo Al rojo vivo y decido dormir la siesta. A intentarlo, por lo menos. Veo que en mi habitación está el pingüino de peluche de mi hija Gadea. Ella ya pasa de peluches, prefiere Stranger Things, por lo que sea. Se me hizo mayor. Le conseguí ese peluche en una barraca de la calle Argumosa, en la feria en Lavapiés.

            Y, entonces, veo a Nicolai mirando ese peluche, el pingüino… y veo a mi Gadea durmiendo con siete años abrazando al mismo peluche… y me veo a mí, mirando ese jodido muñeco. Y me veo cagándome en la puta vida. Y me veo con mis siete años preguntándome ¿por qué existen las guerras? Y en qué pasaría si hubiese un desarme absoluto… si no existiesen los misiles, si no existiesen los tanques, si no se invirtiese en armas… si no votásemos a las personas inadecuadas que suben los presupuestos en armamento. Soy un ingenuo, lo sé. En el mundo siempre habrá malos, pero me pregunto por qué votamos a los malos o por qué aceptamos a los malos. Y sé, repito, que soy un ingenuo… pero hoy tengo los siete años de Nicolai… y tengo los siete años de Gadea cuando le conseguí en una barraca de dardos (soy buenísimo en los dardos) un pingüino de peluche.

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            Nicolai dedica un último hálito de vida a su madre, Ivana, que grita de dolor… pero se silencia la escena para no escuchar el dolor… Rollo el Padrino III cuando Al Pacino grita por la muerte de su hija… Nicolai va a morir, con los ojos abiertos, mientras Ivana se desgarra, pero en el último momento, Nicolai, mira el pingüino, buscando algo. Imagino que en el instante de morir se vio otra vez jugando con su peluche. Nicolai muere. Fundido a negro.

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            La Sexta sigue dale que dale con sus infografías, dando datos y donde no vemos o no imaginamos el dolor de Nicolai. Ni de Ivana. Y donde vemos como el experto de la redacción ha hecho un soldado que gira, en un perfecto 3D, con su casco, su uniforme y su perfecta fisonomía, y todo mientras la periodista, (siempre ponen a mujeres para dar datos) dice que han muerto civiles, incluido niños. Y en el plató ponen carita de pena.

            Esta noche mi hija duerme conmigo. Y me pregunta que cómo ha surgido este conflicto bélico, y yo no sé qué contestar. ¡Si no sé ni cómo explicarle la vida! Y no sé explicarle que Nicolai no es un puto número en el noticiario de la tele, sino un niño con esperanzas y futuro y sueños. Y que la guerra es una realidad sin cámaras, sin fundidos a negro y donde los gritos son reales.

            Ni sé por qué explicarle cómo hay unas personas que provocan la guerra ni por qué son unos hijos de la grandísima puta.

            Hoy Gadea me pidió el pingüino para dormir. Perdonen la tristeza.

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