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El Carnaval de la vida… Sin máscaras. | Por Lourdes Justo Adán

El Carnaval de la vida… Sin máscaras. | Por Lourdes Justo Adán

Desde tiempos inmemoriales, una festividad llena de color y alegría se iba extendiendo por cada rincón del planeta, al tiempo que se transformaba en una amalgama de cultos y rituales. En España, se vinculó a la Semana Santa y a la Cuaresma cristiana, aunque, en mi opinión, la tendencia es a desligarse y a que el Carnaval se viva, simplemente, como una fiesta de carácter lúdico.

Combina diversas costumbres: comidas típicas, comparsas, música, desfiles y lo más vistoso de todo: los disfraces, este despliegue de artificio que tantas miradas atrae. Es una forma de comunicación no verbal que permite al individuo proyectar imágenes diferentes y divertidas de sí mismo.

Precisamente, estos elementos que modifican nuestra apariencia me recuerdan a La Ratita Presumida, un cuento de tradición oral, que, manteniendo el argumento principal, ha sido reinterpretado innumerables ocasiones.

Un día, nuestra protagonista se encontró una moneda. Por un momento, se preguntó qué hacer con ella y, en un alarde de vanidad, decidió comprarse unos lacitos de colorines para engalanarse y mostrar un estilo diferente al usual. Sintiéndose tan bella, salió al balcón para que la admirasen.

Así fue. Deslumbrados por su vistosa estampa, se acercaron varios animales, que, dependiendo de las versiones, pueden ser un gallo, un perro, un burro, un gato o un ratón. Presa de la petulancia, escuchaba con deleite los elogios que recibía de ellos. Pese a todo, ningún candidato era suficiente para ella. De uno en uno les interrogó “¿y por las noches qué harás?”. Ellos contestaban con donaire, orgullosos de sus voces únicas y distintivas. Modulaban con singular complacencia aquellos sonidos con que la naturaleza les había dotado, desplegando al máximo su potencial. Sin embargo, sus esfuerzos solo provocaban que los párpados de la ratita se entrecerraran y desviara sus ojos hacia otro lado, enfocando algún punto lejano del infinito. Sus pupilas se contraían, mostrándose infranqueables. Esta mirada de olímpica desaprobación era el preludio de su acto final: desde el pedestal de su arrogancia, sonreía falsamente a la par que los iba rechazando mediante una excusa trivial y desdeñosa.

En muchas culturas, el gallo simboliza la valentía y el vigor. El perro, la fidelidad y la protección. El burro, el trabajo y la resistencia. El ratón, la humildad y la curiosidad…  A pesar de los méritos innegables de sus pretendientes, la ratita los descartaba sin vacilar, firmemente convencida de que nadie podía aventajarla. Sí… así resultó la ratita, fascinante a primera vista, pero carente de empatía.

Finalmente, llegó el gato maullando quedito, el último, aquel que había tenido la oportunidad de estudiar exhaustivamente los deseos y necesidades de la ratita. Sedoso y brillante, más que caminar, se deslizaba como un susurro a ras de suelo. A la pregunta “¿y por las noches qué harás?”. Este contestó arteramente: “dormir y callar…”

Al oír eso, un súbito interludio musical resonó en el cerebro de la ratita, el cual comenzó a segregar feniletilamina en abundancia. Quedó prendada de su encanto instantáneamente. Cayó en un trance tan acusado que le resultó imposible pensar con claridad. Sus ojos giraban en espiral, su corazón latía con fuerza y su estómago se llenó de mariposas. Sin pensarlo dos veces, balbuceó hipnotizada: “Contigo me quiero casar”. Una sonrisa se dibujó en el rostro del felino, cuyas vibrisas temblaban de satisfacción.

Mas la implacable realidad no cambia por mucho que crea la ensimismada ratita: todos sabemos que los gatos son animales proclives a la actividad durante la noche. Pueden generar ruidos claramente audibles cuando están ocupados realizando ciertas actividades habituales como asearse, jugar o cazar en la oscuridad, algo que consiguen gracias a su excelente visión nocturna y su agudo sentido del oído. Así que… ¡el mendaz minino mentía! Simplemente, supo decirle a su víctima lo que deseaba escuchar. Esta habilidad le sirvió para conseguir su objetivo: alzarse con el triunfo personal de conquistarla, sin que ella se percatara siquiera de la colosal mentira.

Como insiste el doctor Iñaki Piñuel, un/a narcisista ávido de admiración y melindres es el plato preferido de un/a psicópata, quien no duda en despilfarrar estas cosas. Así que, en este cuento, lo de fueron felices para siempre es simplemente, una fórmula de cierre.

El carnaval es un evento lleno de simbolismos y metáforas, al igual que mi apreciación de este cuento. La gente se disfraza voluntariamente y asume roles diferentes para atraer la atención… o, también, para desviarla. Los disfraces representan la oportunidad para dejar de lado la formalidad; una manera de distracción; la posibilidad de comportarse como alguien distinto, aunque sea por poco tiempo: tarde o temprano hay que despojarse de la máscara, recuperar la verdadera personalidad. Es un momento de vulnerabilidad, ya que, al revelar tu yo auténtico, te expones ante los demás sin escudo. De ahí que vivir sin ella sea todo un acto de valentía. Sin embargo, existe otro tipo de vestimenta, involuntaria e injusta, que ni siquiera es de tu talla porque es enormemente falsa. Es confeccionada con los hilos de la difamación. No hay tijeras que la descosan, ya que los expertos sastres de la calumnia te la zurcen en la piel con puntadas que siempre dejan un costurón. Te obligan a mostrar un aspecto que no has elegido, y que, al contrario de un disfraz, no se puede quitar al final del día.

La existencia es una constante farsa subjetiva. Cada quien percibe un disfraz diferente de una misma persona. Nos aferramos a él como si fuese la única realidad, sin percatarnos de que estamos limitados por nuestras percepciones y moldeados por la influencia externa, que es invisible pero muy poderosa. Por tanto, ¿qué es lo que verdaderamente importa?: nuestra esencia intrínseca, no el atuendo, por llamativo que este sea. La autenticidad, por tanto, se convierte en condición sine qua non de un yo verdadero y valiente. La difamación no tiene el poder de definir a nadie pues el ser humano es mucho más que palabras y opiniones ajenas. No olvidemos esto.

El carnaval se repite anualmente, pero mostrarte tal cual eres debería ser permanente. Ser uno mismo, independientemente de la aprobación de los demás, resulta duro pero gratificante a la vez. Te permite actuar de acuerdo a tus valores sin tratar de cumplir las expectativas de nadie. Es una forma de autorespeto: demuestra que aprecias tus propias convicciones.

Recuerda… En estas fiestas, permite que tu yo brille con todo su esplendor. ¡Feliz Carnaval!

……..

Lourdes Justo Adán.

Maestra especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.

Orientadora Escolar.

Escritora.

Columnista.

Coach de víctimas de maltrato psicológico. Docente desde hace treinta años


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