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El «alma» en la literatura | Por Josep Seguí Dolz

El «alma» en la literatura | Por Josep Seguí Dolz

«Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él».

Carlos Ruiz Zafón (in memoriam, 1964 – 2020)

Todos los géneros literarios tienen alma. Desde el más complejo artículo científico acerca del origen del universo o la composición de la materia en física teórica y matemática hasta un poema del portugués Fernando Pessoa. Otra cosa será que ese alma esté viva o haya fallecido del todo.

Pero ¿qué es el alma (en la literatura)?

No lo sé. Tan solo me atrevo a intuirlo y por eso no puedo dar una definición verdadera, universal, definitiva. Ni falta que hace.

Sin embargo ella aparece por aquí y por allá en muchas lecturas (no en todas, lo advierto). Y, desde luego, no es la misma en un artículo científico que en un poema de Pessoa.

Ella no tiene nada que ver con aquello así espiritual propio de las religiones o determinadas creencias trascendentales o de la New Age. No es una especie de sombra o fluido interior esencial ni eterna. Tampoco es algo que se pueda tocar o ni siquiera ver, ¡no digamos escuchar u oler!

Y tampoco es solo propio de los caracteres psicológicos de los personajes si es que es de una novela de lo que estamos hablando, que sí.

Las cosas de fregar los platos, los coches y las bicicletas y los carruajes y las carreteras, caminos y autopistas; los animales domésticos o salvajes; las casas, sus cortinas y muebles; los paisajes, los amaneceres a la orilla del mar, las parejas de enamorados paseando bajo la luna llena tomados de la mano; el abuelito comprando el periódico en el quiosco porque no sabe usar internet; el ansiado sexo salvaje y un poco cochino si es que en el sexo consensuado hay algo que pueda ser una cochinada que no lo creo, un dulce beso de amor, la caricia apenas robada sin malicia, el cariño y la sonrisa; el insulto, una hostia, un policía corrupto, el bueno que descubre una trama criminal, un ser imaginario, un monstruo del más allá; «la enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos» de Borges,… no son el alma aunque tal vez formen parte de ella. También los malos, los mentirosos y los fascistas a nuestro pesar.

El alma no es la descripción, el diálogo y otros dispositivos narrativos y por eso propios de la llamada «realidad». Ellos también tienen alma, seguro. A veces, no siempre. Pero no «son» el alma.

Ella, el alma, traspasa el papel y trasciende las palabras como la mirada de Ana Magnani sale fuera de la pantalla de cine en Bellisima de Luchino Visconti (1951) o como las pinceladas de Kandinsky en Impression V (1911) se escapan del espacio cerrado del marco en el museo Georges Pompidou en París. Y mirada y pinceladas te sorprenden, te atraviesan y emocionan. A veces hasta te hacen daño si bien sea porque sabes que no las volverás a ver más aunque te compres el DVD para poner la peli siempre que quieras en tu televisión o robes el cuadro y lo cuelgues enfrente de tu sofá de eskai favorito. Ya no las verás como la primera vez. Ya no las sentirás como la primera vez.

Es como cuando Sumire le pregunta a K. en Sputnik, mi amor: «¿Cuál es el punto clave de esta historia?». Y él le contesta: «Pues seguramente que hay que estar alerta» (Haruki Murakami, Tusquets, 1999, p. 51). Y poco más. Con eso te quedas. Si te gusta, bien. Y si no, también.

Por eso el alma tiene su punto de placer y uno de dolor, de nostalgia, de fuerte sensación de que ese, justo ese, tiempo ya no volverá y de que todo es eternamente diferente. Nada permanece, pero hay que estar alerta. Siempre. El punto clave de la historia y también el alma pueden aparecer en cualquier momento, por cualquier rincón. Nunca se sabe.

¿He dicho que «te emocionan»? Sí, tal vez el alma esté relacionada con las emociones, eso que nadie puede afirmar lo que es pero que todas y todos sentimos. Es muy posible que esté relacionada, sí, con las emociones y las pasiones y los afectos y los caprichos y los odios y las manías y con verlo todo oscuro y, al rato, verlo de un color brillante que nos da luz y nos anima a seguir adelante, vayamos a donde vayamos, que eso nadie tampoco lo sabe.

No, las emociones y similares no tienen que ver con lo que dicen los estudiosos de la mente humana: no son procesos fisiológicos; no son instintos. No se explican en términos matemáticos ni se pueden hacer hipótesis desde un punto de vista razonado. Son posibilidades. Son ese intríngulis que nos moviliza casi sin darnos cuenta cuando vemos, sentimos, leemos que algo va a pasar aunque todavía no sabemos qué es. Son un algo relacional y cultural que no tiene límites, que no tiene un espacio determinado, que se va creando a cada momento en cada interacción con las personas y las cosas. Claro, también en interacción con las palabras, escritas en este caso o dichas cuando las hablamos. Son diálogos imaginarios, imaginativos y simbólicos. Que duelen, repito, y también muchas veces dan gusto, mucho gusto.

Quizás eso tiene bastante que ver con el alma en la literatura. Y es muy curioso que, aunque todas y todos sabemos lo que es nadie nadie lo podemos definir.

¿Y los que escribimos, entonces? ¿Cómo dotamos de alma a eso, a lo que escribimos? Lamentablemente, no hay un manual de instrucciones al respecto. Es imposible aprender a hacerlo. Y es que eso es como lo que dice el psicólogo social mexicano Pablo Fernández Christlieb (2006):

«… los que escriben nunca podrán saber cómo se hace, y, por lo tanto, cada vez que se ponen a hacerlo no saben si les va a salir, y eso es lo que los tiene nerviosos, siempre como aprendices primerizos inseguros tratando de averiguar de una vez por todas en qué consiste un método que no existe, de encontrar lo que buscan cuya esencia es que se busque pero que no se encuentre»[1].

​Y digo «lamentablemente» porque todas y todos necesitamos referencias para llevar una vida más o menos equilibrada. Repito: «más o menos», no de manera absoluta. Y en muchas ocasiones precisamos que nos digan con exactitud casi milimétrica qué es lo que tenemos que hacer para que todo salga bien y nuestra novela se publique bien y a la gente le guste y llegue a ser un best-seller.

Pero no. El alma en la literatura, en la escritura, no tiene referencias aunque tampoco parece conveniente poner negro sobre blanco cualquier cosa así sin ton ni son, sin otorgar a la literatura, a la escritura un cierto sentido dotado de algo que podemos calificar como «honestidad». Alguien querrá añadir: «y coherencia». Mas tampoco. Eso, la coherencia, viene por sí misma en base a las conversaciones que mantenemos con los seres de otros mundos a quienes ya me he referido en algún lugar cercano (Entrevista El escritor.es, 2022). Y ellas y ellos no son las musas, no son la inspiración; son seres traviesos que pululan por aquí y por allá y que nos cuentan cosas especialmente durante las frías noches y amaneceres del invierno. Con un cafelito bien caliente en nuestras manos.

Tranquila. Tranquilo. Tampoco son la Little People de 1Q84 de Murakami (1984). Estos son malos y nuestros seres traviesos no. Los seres nocturnos solo quieren hacernos compañía y charlar un rato con nosotros.

Seguramente ellas y ellos son «El alma en la literatura» y no, no hay que perder el tiempo buscándolos; aparecen cuando a ellas y ellos les da la real gana, especialmente —creo— durante esos momentos nocturnos y casi ya diurnos aunque aún sombríos que he destacado. Eso sí, como me parece recordar que dice más o menos Pablo Picasso respecto a la inspiración, más vale que cuando aparezcan te pillen trabajando.

No voy a alargarme mucho más en este escrito acerca del alma en la literatura. Uno de los seres nocturnos me acaba de decir —y eso que ahora es por la tarde y el sol luce bien alto y brillante; al ser (sic) se le ha olvidado irse a dormir— que lo más seguro es que ella sea algo así como la vida. Si una novela tiene alma entonces está viva.

Si no… no.

Gracias.

Josep Seguí Dolz

https://www.josepseguidolz.info


[1] Escribir. Publicado originalmente en la columna El espíritu inútil del periódico El Financiero, México, el 28 de diciembre de 2006. Accesible en https://dialogosaca.blogspot.com/2008/06/escribir.html. Fecha de acceso enlace: 12/08/2022.

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