Bajo el prisma de un turista… | Por Bárbara Cruz

Bajo el prisma de un turista… | Por Bárbara Cruz

Viajar a lugares desconocidos, ya sean lejanos o cercanos, siempre va acompañado de ese deseo por dejarse conquistar. Llegar a un nuevo destino y pasear por su calles -incluso perderse, ya sea por casualidad o con alevosía- para descubrir sus monumentos, su historia y su gente es un proceso que todo turista cumple con agrado.

Precisamente esa es la magia y el encanto que tienen los viajeros: poder ver escenarios nuevos bajo esa perspectiva única que otorga el salir del hogar y enfrentarse a lo desconocido. Esa capacidad de verlo todo bajo el punto de vista del foráneo que recorre esas calles por primera vez. Que trata de absorber la esencia del lugar hasta el último suspiro, consciente de que probablemente será también la última vez que se visite.

Siempre me pregunto por qué esa capacidad desaparece cuando regresamos a nuestra morada. Por qué desaprovechamos ese gran poder que nos permitiría disfrutarla con esa misma intensidad; como si nos conformáramos con ser profetas solo lejos de nuestra tierra. ¿Por qué no serlo también dentro de ella?

Desde que llegué a esta teoría he intentado justo eso: convertirme en un turista sin salir de casa. Y lo cierto es que, aunque solo haya sido un pequeño cambio de percepción, me ha permitido redescubrir Madrid. Y no hablo solo de esos rincones secretos que parece que están al alcance de los turistas más avezados, pero pasan completamente desapercibidos para el común de los autóctonos. Hablo también de recorrer sus lugares más insignes, desde la Gran Vía al Paseo del Prado, sin olvidarnos de esa pequeña joya del arte egipcio que es el Templo de Debod. Y, por supuesto, de seguir a rajatabla el ABC del turista y cumplir con todo lo estipulado: tomarse un bocadillo de calamares en El Brillante, degustar unos churros con chocolate en San Ginés o, si las fechas acompañan, las 12 uvas en una abarrotada Puerta del Sol ese célebre 31 de diciembre. Sí, el tándem turismo y gastronomía también es obligatorio por estos lares.

Es cierto que esos “mandamientos del buen turista” suelen traer consigo largas colas y unas aglomeraciones que no todos están dispuestos a aceptar, menos tras la época que nos ha tocado. ¿Qué necesidad hay de “sufrir” la ciudad cuando no deja de ser la nuestra? Si no queda más remedio que esperar durante horas, mejor que sea para ver algo nuevo…

Efectivamente, es una buena razón para no querer convertirse en ese turista doméstico. Pero ¿y si con ello se está perdiendo la oportunidad de redescubrir nuestra casa? ¿O de conocer esas maravillas que tenemos a un tiro de piedra? Literalmente. Y es que es sorprendente lo mucho que se enriquece la esencia de un escenario habitual solo por el hecho de atreverse a cambiar un poquito el punto de vista.

En mi caso particular siempre pongo el ejemplo de la Gran Vía, la archiconocida arteria que parte en dos el centro de Madrid. Da igual las veces que haya pasado por ella (y sufrido sus aglomeraciones a la salida de los teatros o del aún más famoso Primark), siempre hay tiempo para captar una nueva instantánea. Ya sea desde las azoteas de Plaza de España y de Callao, a pie de calle paseando por la castiza Alcalá o la más moderna y chic Fuencarral, un fin de semana cualquiera para disfrutar de sus cines y teatros o en días navideños para hacer mil fotos de las luces navideñas; siempre vuelvo a enamorarme cual colegiala. No me extraña que se haya convertido en protagonista de “La camarera de la Gran Vía”. ¡Tiene tanto carisma como el resto de personajes de mi novela!

Precisamente hablando de amor, ver a través de los ojos de ese turista que todos llevamos dentro es como comparar una pareja que acaba de empezar con otra que lleva años de relación. Que duda cabe que, a diferencia de los matrimonios que llevan toda la vida compartiendo alegrías y penurias pero donde ya se ha perdido la magia de los primeros días, las nuevas relaciones se viven con más intensidad y pasión. En ellas todo es nuevo y excitante…  

Pues bien, si romper la monotonía es el gran objetivo de cualquier pareja estable, ¿por qué no hacer lo mismo con la ciudad que nos ha visto crecer? Recorrer el hogar bajo ese prisma del turista consigue justo eso: que un lugar común que ya ha perdido su magia vuelva a recuperar ese brillo que lo hace único, ¡da igual las veces que lo transitemos!


Descubre más sobre Bárbara Cruz en la entrevista que le hicimos hace pocos días:

Entrevista a la escritora Bárbara Cruz.

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